Epígrafe Fronterizo

"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los garbanzos, del pan, de la harina, del vestido, de los zapatos y de los remedios dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y se ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el niño abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales"

Bertold Brecht

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Libertad versus Igualdad: La Camisa de Fuerza de la Masculinidad

 

Cualquiera que sea la libertad por la que luchamos, debe ser una Libertad basada en la Igualdad” – señaló alguna vez la filósofa norteamericana Judith Butler. Y me imagino que esta aseveración, lanzada por una de las más conocidas feministas de nuestro tiempo, podría revolver el estómago de aquellos que disienten de cualquier noción de Igualdad en la sociedad. Aún más, imagino la incomodidad de aquellos que contraponen la Libertad y la Igualdad. Históricamente, la desigualdad la hemos construido en torno a categorías sociales, por sobre todo, las asimetrías de género y, aún más específicamente, las identidades asociadas a lo femenino y a lo masculino. En mi caso, nací con la categoría de “hombre” y crecí como tal, no sólo en términos personales y sociales, sino que también político-institucionales. En cualquier documento escribo que mi sexo es “masculino” y, además, en la vida social todos los hombres nos hemos vistos impelidos a probar –más de una vez- nuestra masculinidad o “virilidad”.

Es cierto que cada cultura específica construye a su manera sus nociones de feminidad y masculinidad. Pero, también es posible que “lo masculino” y “lo femenino” trasciendan su anclaje en los cuerpos, los cuales pueden constituir espacios de libertad o de opresión y dominación ¿Qué es ser “hombre” más allá de la corporalidad? ¿Cómo relaciono la Libertad y la Igualdad con una identidad masculina, susceptible de ser construida o deconstruida? La académica chilena, Lucy Ketterer, reiteró hace poco que el “género” cruza todas las áreas de nuestras vidas, a veces de manera subrepticia o invisibilizada; otras, de manera abierta y cruel. Si es así, el género, no sólo es un asunto de concepciones y de ética personales, sino una forma inequívoca de relación política, donde las ideas de feminidad y masculinidad emigran de la zona común de las identidades binarias, hacia los turbulentos espacios de debate acerca de la Libertad y de la Igualdad. Sin embargo ¿De dónde provino mi identidad masculina? ¿De qué manera la he desarrollado en mi vida? ¿Y qué tiene que ver todo eso con mi propia Libertad y con la Igualdad?

Recuerdo las camisas y los pantalones, el corte de pelo y el peinado de hombre, la decoración de mi habitación y los juguetes que cayeron de en mis manos, allá lejos en la niñez, desde la bien intencionada complacencia de mis tías y de mi madre. Las reminiscencias son difusas; el tiempo, como buen verdugo y otras veces como sanador, violenta o disipa implacablemente los recuerdos ¿Qué era ser hombre? Mi estructura corporal había sido concebida como mi punto de partida existencial. El uniforme de colegio, la “mocha” en los recreos para posicionarse como macho alfa, el llanto a solas y a puerta cerrada, el temor a ser categorizado como mariquita o coliguacho por las huestes de la escuela ¿Cómo era esculpir esa “hombría”, que parecía un título nobiliario cobrado a punta de puñetazos en riñas escolares y a la medida del éxito tasado en conquistas sexuales? El vello púbico que un día aparecía triunfante, el placentero estallido de los primeros fluidos, el humeante cigarrillo en los labios adolescentes, la botella embriagando una hilarante reciedumbre. Todo ello iba calando hondo como un vapor invisible, vistiendo el semblante y cada parte del cuerpo de esa masculinidad en desarrollo. Así se van entrecruzando las experiencias, como una telaraña que prodigiosamente se teje en lo más profundo del alma, dando forma a una mitad de esa muchedumbre llamada especie humana. 

Sin embargo, el formateo social persiste, desde la vereda del frente, pero también desde nuestra propia acera, como un doloroso disparo de fuego amigo. Y el sexo, aquel acto fecundo que podría unirnos con amor a todo, se vuelve en nuestra contra, al disociar con filo lacerante ese “placer del cuerpo”, de la emotiva espiritualidad que brota con gratitud hacia la compañera o el compañero de nuestras húmedas pasiones. Y nada nos resguarda de ese fatídico exilio. Porque después todo se reviste de lenguaje macho y sudoroso. Aparece la “cacha”, “el tirar”, el “culiar” y el “afilar”, desprendiéndose  las palabras, el universo lírico, de la profundidad única del primigenio erotismo. Lentamente, algo se va enmoheciendo, se va oxidando, en esa fatídica separación casi cartesiana. Y nos quedamos con el resto, con las sobras, para vestir una maltrecha masculinidad, que huele más a una herida abierta o mal cicatrizada, en el tejido emocional de todo ser humano disociado.

Más tarde, creemos que olvidamos, pero solo reprimimos. La adultez nos arroja hacia un mundo donde se hace efectiva una peligrosa noción de superioridad ¿Qué es ser hombre, entonces, después de todo eso?  La imagen de éxito desplaza el valor de ser uno mismo, confundiendo el narcicismo con la dignidad y el amor propios.  Con seductora precisión aparecen los sucedáneos: el erotismo del éxito económico, eso de ser “buen partido”, de ser campeón en los estudios y, más tarde, en el trabajo, exudando el poderoso perfume a testosterona que expele una abultada cuenta bancaria. “La plata lo consigue todo, desde el amor, hasta la maquillada caricia de una prostituta” –resuena subrepticiamente en las etílicas juergas del club de Toby.

Así la masculinidad nuestra, aquella construida en una mala transacción con las expectativas y los estereotipos del mundo, comienza a experimentar los dolorosos influjos del ácido láctico que todo músculo espiritual y emocional resiente, ante la tragedia de la propia disociación. Porque para perder de vista al otro (o a la otra) y vulnerar su valor intrínseco, en términos de un universo diferente con el cual continuamente nos encontramos, es necesario practicar el hábito de la disociación. Y con ella deviene el menosprecio aprendido hacia nuestros propios parajes emocionales, que hemos relegado tras las erguidas imágenes del “pelo en pecho”. Surge el miedo a lo desconocido y, como mecanismo de defensa, esa idea de superioridad por sobre la mujer, el gay, la lesbiana, el trans o cualquier otra identidad de género que diverja de la noción binaria de macho heterosexual. “Somos hombres o no somos hombres” – se dice, como si la masculinidad dependiera de una eterna y turgente erección o de la posesión sexual y económica respecto de la hembra.

Sin embargo, a veces me pregunto qué hay detrás de los ropajes o debajo de nuestro ceñido vestuario de macho triunfante y superior. Quizás, sólo quizás, un trágico autoengaño. Porque esa superioridad imaginada y deseada por obra y gracia de nuestro narcisismo, requiere de la ignorancia aprendida, no sólo respecto del mundo de otros seres humanos y de las múltiples diferencias que les acompañan. También requiere de la negación constante de parte importante nuestro propio universo interior. Toda negación conduce ineludiblemente al propio sufrimiento y al de las/os demás. Tarde o temprano, las desigualdades o las asimetrías de cualquier tipo, sean las que sean, se transforman en pequeñas o grandes cadenas para nuestra preciada libertad.

Siguiendo a Butler, quizás la Libertad sin Igualdad, sea como una fina cristalería bajo una lluvia de granizos. Y tal vez ese sea el riesgo personal y social de una masculinidad vestida de superioridad y de (auto)negación. Al final, sus ropajes terminan siendo una insoportable camisa de fuerza. Porque para ser libres, para digerir esa libertad, tal vez se deba dar un paso hacia eso desconocido, hacia aquello que ha sido relegado a los misterios de lo que somos como seres humanos, independiente de las categorías sociales de género que han prevalecido en la cultura a la cual nos aferramos. No se puede ser libre y encontrarnos en comunidad, mirando al otro (o a la otra) desde arriba y/o desde abajo, o negando nuestras infinitas diferencias.

En otras palabras y aunque nos duela este trabajo de deconstrucción de la propia masculinidad: no podemos ser “hombres”, sin comprender y luego transitar por los desconocidos senderos de la Igualdad y de la Libertad.

(*) Publicado en el Periódico NN, número 7, Concepción, Chile. Septiembre 2020.

lunes, 23 de diciembre de 2019

La Paradoja Subversiva de la Felicidad


No hay que temer a las paradojas. Pareciera que las crisis sociales y políticas están destinadas a revelar, a exponer descarnadamente las más profundas y centrales contradicciones que -como sociedad- los individuos desarrollan en un momento histórico, llevando estas contradicciones a su grado extremo. Nos habíamos adormecido en el regazo del individualismo, donde la capacidad de consumo es el barómetro de la realización personal y la felicidad una endeble expectativa puesta a prueba en el estómago del sistema crediticio. El modelo de desarrollo capitalista chileno, como la piel estirada dolorosamente por pinzas que empujan en direcciones opuestas, vino a exacerbar las tensiones en un sistema de vida, donde la supervivencia personal depende de las estrechas oportunidades que provee la cancha rayada por el neoliberalismo criollo. Y como en la cancha otra cosa es con pelota, vino el remezón telúrico que deviene cuando cualquier sistema social de vida se aferra con uñas y dientes a su versión más extrema.

En Chile, del capitalismo moderado y postcolonial pasamos al neoliberalimo. O más específicamente, del individualismo, de la indiferencia o de la aversión hacia el otro, nos precipitamos como sociedad –durante la crisis actual- a una vorágine de violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos. Y no hay engaño más monumental que pensar que la crisis surgió de un estallido o explosión social, caracterizado por la sorpresa de su irrupción y por la irracionalidad de su forma de expresarse. El malestar, la infelicidad y la desesperanza se experimentaban prolongada y soterradamente, sin avizorar que aquello provenía de la soledad que provoca el desprecio por los otros. La contradicción entre el interés personal y el interés colectivo, o entre el bien individual y el bien común, cegó la posibilidad de comprender que la felicidad se construye con muchas manos, conciencias y perspectivas y no por obra y gracia del narcisismo individual. Porque para olvidar que nos construimos gracias a los otros, hay que negar y, luego, justificar nuestra aprendida indiferencia respecto de los demás. Y porque para golpear, asesinar, torturar, mutilar y violar, hace mucho rato que nos tiene que haber importado un carajo aquello que paradojalmente denominamos prójimo.

El lifting facial del “milagro chileno” terminó por desgarrar las dermis y los tejidos de una dignidad, que la mayoría de la población recogía de las sobras que arrojaba un pequeño grupo social privilegiado. La felicidad anhelada se había escapado en medio de la ilusión exitista de nuestro pequeño arribismo social y de la ansiosa necesidad de diferenciarnos ascendentemente de los otros. Todos querían pertenecer a la corte del rey, porque así la élite había prometido. Lo que no sabíamos, era que el rey nunca nos permitiría ser parte de esa selecta corte, evidencia brutal de la segregación más extrema de la dignidad personal y social. Pero, las contradicciones se hicieron tan visibles y descaradas, que desde la sumisión muchas personas comenzaron a levantar la vista. Y levantar la cabeza para mirar a los ojos siempre ha sido acto de rebeldía y de subversión.

En esta crisis, algo tan preciado, como momentáneamente olvidado, se hizo carne en torno al humeante espacio público de las barricadas. Al fragor de las marchas, de las performances; junto a  la solidaridad expresada en una improvisada atención médica callejera o en una olla común, el encuentro entre seres humanos transgredió algunas barreras sociales erigidas por el relato segregacionista.  Para muchas mujeres y hombres, especialmente para los que muerden el polvo de la desesperanza material y social, la lucha les restituyó la posibilidad de disponer un sentido de vida, ya no solo personal, sino que también para aquellos que ni siquiera conocemos, pero que le reconocemos el derecho una vida digna.

Y es quizás la lucha establecida en la calle, donde la posibilidad de tener un sentido de vida que se imponga a la desesperanza, sea lo más parecido a la felicidad.  Es probable que tras la capucha se oculten unos ojos humedecidos, no sólo por la furia de las lacrimógenas, sino que por la sensación de que junto a otros es posible un cambio esperanzador, antes impensado. Ahora sabemos que la felicidad nunca fue una niña robusta, como aquellas adosadas en los anuncios publicitarios con aroma de exitismo, sino la hija parida en el encuentro callejero de anhelos esperanzadores compartidos.
Chile nunca volverá a ser el mismo, después del pasado mes de octubre. 

Ese es el poder de las paradojas: que en medio de la brutalidad, de la muerte y de miles de cuerpos humanos profanados por balines y lumazos, la felicidad sea la premonición de un sentido de vida, fraguado en la liturgia callejera de una solidaridad colectiva con sabor a dignidad.

(*) Publicado en el Periódico NN, N°6, Diciembre 2019. Concepción - Chile.

jueves, 11 de julio de 2019

El Mito de la Verdad Absoluta




Siempre ha habido problemas con la idea de la Verdad, con la niña bonita de la Razón Universal. Tan manoseado como la masa madre preparada en las pizzerías de barrio, el concepto de verdad siempre me ha parecido un dispositivo de poder o como una Espada de Damocles que convierte las relaciones humanas en un pleito político. Allí siempre pierde alguien, invalidado, excomulgado o desmenuzado por el filo de la verdad absoluta. Por eso es preferible plantear que lo que se dice es “genuino”, en lugar de decir que se habla con la Verdad. Y no se trata de repudiar lo verídico, de no querer ser veraz. Lo que ocurre es que es posible desconfiar de cualquier ser humano que se atribuya a sí mismo ser portador o portadora de la verdad. 

Actuar genuinamente va más allá de lo verdadero o de lo falso, de lo correcto o de lo incorrecto. Del latín genuĭnus y derivado de “genus”, alude al linaje, a la palabra “gene”, con relación a la legitimidad y a la autenticidad en su origen. Lo genuino, por tanto, refiere a un dilema ético: es decir, plantear algo genuino es declarar algo legítimo, algo que por ser propio en su origen se enviste de la pureza de la autenticidad. Se trata, entonces, de una reivindicación ética de la subjetividad. “Cada uno tiene su verdad”, me dijo irónicamente una señora una vez en la calle, mientras un predicador enviaba al carajo a todo aquel que no creyese a rajatabla en el Todopoderoso.

Cuando el emperador romano Marcus Aurelius (121-180 D.C.) escribió su obra Meditaciones, registró en griego toda su formación filosófica y espiritual estoica. En la forma de escritos personales, el que fuese uno de los responsables de la Pax Romana en el segundo siglo de nuestra era, destacó más su mundo interior que la dimensión mundana y controvertida de la época. “Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad”, expresó introspectivamente, como medida para observar las apariencias de todo acontecimiento. Durante mi niñez, cuando los textos de Marcus Aurelius circulaban como reliquias enciclopédicas en las bibliotecas públicas, el cuestionamiento a la noción de Verdad se reposicionaba rebelde entre toda esa devoción por la razón absoluta. Era que no, sí vivíamos una dictadura militar y las verdades de los detenidos desaparecidos quedaban diseminadas por la acción impune del corvo castrense. Marcus Aurelius no era un santo de la devoción de nadie. Aunque esta figura histórica haya ordenado masacrar a pueblos enteros, aún prevalecía en sus escritos la resistencia a toda afirmación incuestionable. Esto puede parecer una conveniente contradicción: la verdad de la autocracia romana, conviviendo con el lírico relativismo estoico. Un tirano relativizando la noción de verdad, para luego morir lejos de la tierra que lo vio nacer.

Si la duda filosófica Kantiana tuvo aparición siglos después, mucho antes de que las aldeas nórdicas se transformasen en ciudades, al menos el emperador, etiquetado como “El Filósofo”, ya situaba la Verdad en el terreno interpretativo; es decir, en la tan desdeñada subjetividad. Y eso suele ocurrir con el Arte. En general, nunca he conocido alguna disciplina artística que haya encerrado el concepto de verdad en las etéreas habitaciones de lo absoluto. Dejarían de crear obras de arte, para dar lugar a infinitas réplicas de una producción en serie. Es que circunscrito a la obra, el ego del artista, por muy exacerbado que sea, erige su verdad reconociéndola única en su interpretación de aquello que representa. Lo paradójico es la manera en que una verdad erigida por un narcisismo tan exuberante pueda subordinarse a aquello tan especial, que es la propia obra. Quizás es el trabajo artístico, tan único en el tiempo y en el espacio, lo que es apreciado con igual valor que el esplendor de su resultado. En este caso, lo particular se antepone a lo universal, como una verdad que se aferra a su carácter de especial, por sobre su pretensión de ser absoluta. Aquí, entonces, lo que satisface es su cualidad de ser única e inédita en un universo de verdades plausibles, dejando lo universal al plebeyo mundo de lo común y de la norma digerible por las masas.

La Verdad, la gran Verdad, ha sido una idea que ha construido y destruido mundos y civilizaciones. Verĭtas, palabra compuesta del adjetivo “verus” (verdadero) y del sufijo “tas” (cualidad), constituye la raíz latina de la idea o concepto de Verdad, de suave entonación fonética castellana, pero blandida como un cuchillo lacerante en la historia de la evolución humana. La verdad develada por alguna divinidad, la verdad científica, la verdad histórica, la verdad filosófica, todas ellas tan sublimes y tan hegemónicas, con semblante pontífice o vestidas de una racionalidad impecable, no han cesado de reclamar una eventual condición aristocrática portadora de la verdad última y definitiva. Un poco más desprestigiadas, se suceden las verdades económicas y políticas, divertidas como los trucos de magia callejeros o cínicas como los titulares mediáticos, pero con un carácter pretencioso o arribista.

Por eso prefiero decir que cada uno habla sólo con su propia verdad. Porque hablar con la propia verdad, única para el que la emite y sin pretender imponerla al otro, es pronunciarse genuinamente. Cualquier imposición suele ser un acto de coerción, que en su grado máximo puede transformarse en esa suerte de tiranía o de fascismo epistémico que llamamos “dogma”.  La verdad es personal, tan única e irrepetible como una huella digital. Se trata de una intuición de algo que trasciende las fronteras del hasta el más impecable raciocinio. Es océano, es incertidumbre; es mutación, transitoriedad. Sólo basta observar nuestra pasión por abrazar una certeza, que uno ancla en el ejercicio de la razón. Pero, sólo es una momentánea vivencia de equilibrio, de frugal ajuste de elementos, que emocionalmente es experimentado como una revelación, un entendimiento inusitado, una visión sólida, en la forma de un argumento irrefutable.

Así de frágiles somos. Porque aunque cada ser humano defiende sus requisitos para aprobar o rechazar una afirmación, estos requisitos siempre son ético-afectivos. Ahí se acaba el mito de la razón pura. Sino no existiría esa sensación, la vivencia de que algo es coherente y primordial. Pero, es una sensación, una premonición intuitiva, para contrarrestar lo inasible. Por eso deseamos imponer nuestra verdad a los otros, para huir de la muerte, de la incertidumbre, de los misterios de la vida y del universo, de la paranoia del caos. Por eso el problema de la verdad es un problema ético y político, que aunque vestida de racionalidad, se nutre de la emocionalidad para otorgarnos la sensación de coherencia, de equilibrio y de perdurabilidad. La verdad depende, por tanto, de nuestra templanza emocional, de esa necesidad humana de disponer de un trozo madera que flote y del cual aferrarnos, en el oceánico abismo de lo desconocido y perecedero.  

Es que, finalmente, la verdad, al ser personal, es patrimonio intercultural de cada ser humano y no un privilegio elitista de una casta o de una clase. Eso lo han sabido muy bien aquellos que han transitado por los escabrosos laberintos de la exclusión, de la marginalidad y de la subordinación. Con tan poco equipaje, los que no tienen, tempranamente han reconocido que la caridad empieza por casa, aunque la casa sea todo el planeta y la humanidad toda. Y más allá de la pobreza que aturde, han sabido distinguir que la verdad no es un souvenir que se porta como título nobiliario, sino que uno acto genuino de escucharse a sí mismo y a los otros, en un pacto de humildad con la historia social y con la dignidad existencial de cada ser humano. Algunos la llamarán “la verdad de la milanesa”; otros, el consenso ético-social que integra la diversidad de verdades humanas, tan genuinas y perennes como el agua que se escurre entre los dedos.


(*) Fotografía: El Vegano Radical.
(**) Publicado en el Periódico NN, Concepción - Chile (Julio 2019).

miércoles, 13 de marzo de 2019

El Prejuicio en La Araucanía


Un gran número de personas piensan que están pensando cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios”, señaló William Blake, mientras su genio nutría el romanticismo británico, durante la segunda mitad del siglo XVIII. Y nada hace pensar que el artista inglés erraba en su elucubración. Más allá del momento histórico y del lugar, los prejuicios se han erigido como un proceso protagónico de las relaciones humanas y de los conflictos sociales. Se trata, en pocas palabras, de una visión o de una evaluación preconcebida, por lo general negativa, que se concibe respecto de algo o de otros. Es decir, un juicio previo que antecede, eludiendo aquello del cual toda visión debiese fundarse: la observación y la experiencia de ese algo o de ese otro.

En tales circunstancias, una idea preconcebida surge del miedo a lo desconocido o a lo diferente. También de la creencia fácil y superficial erigida por el propio grupo social de pertenencia, acerca de otros individuos o colectivos. En tal sentido, los conflictos y las desigualdades etno-culturales, de clase, de género o con relación a grupos migrantes se sustentan, además, en la imagen deformada por la propia penumbra. De ahí que el prejuicio proviene de una ignorancia no percibida como tal, pero que se porta de manera autosuficiente, sin necesidad del diálogo real y de la convivencia continua que desmitifica la existencia del otro.

La Araucanía, como proyecto de nación inconcluso, se ha dejado arrastrar, en general, por los prejuicios históricos en los campos de la política, de la cultura, de la academia y del entramado social. Por tanto, la violencia y la muerte en esta región se han fundado en la propia ignorancia y en el esfuerzo sostenido por evitar el diálogo respetuoso y el encuentro genuino entre seres humanos diferentes que comparten un mismo territorio. Ese es el ethos de la pereza cognitiva y política a la base de todo prejuicio: Es más fácil desarrollar una idea preconcebida, que dedicar tiempo y esfuerzo en conocer y apreciar la vastedad del otro y su legítimo derecho a la diferencia.

La fractura social expresada en los asesinatos de Camilo Catrillanca y del matrimonio Luchsinger-Mackay, constituye la evidencia dolorosa de un territorio golpeado por la incomunicación, la ignorancia, la desigualdad y el prejuicio. Es que desde el sutil desdén hasta la violencia extrema, se revisten del desconocimiento histórico del otro. Y para combatir el prejuicio no basta un cómodo arreglo cognitivo: se requiere del trabajo permanente de abrir puentes para fortalecer el diálogo, la convivencia y el conocimiento de la alteridad. 

Fotografía: Clarín.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Derechos Humanos: La dignidad en medio de la derrota





No es difícil poner en tela de juicio una eventual tendencia a la bondad del ser humano. “La naturaleza del hombre es malvada. Su bondad es cultura adquirida”, lanzó con dureza Simone de Beauvoir al ethos moralizante de la sociedad europea del siglo XX. La experiencia de la guerra reveló que la vida humana valía menos que la bala o la inteligencia genocida que la cegaba. No es trivial, entonces, la desconfianza generada culturalmente en las relaciones humanas y sociales. Cuenta la historia que en Berlín, cuando los jefes de las fuerzas aliadas tenían que resolver qué iban a hacer con la Alemania derrotada y su territorio, algunos se vieron obligados a incluir una cláusula donde se comprometían a no exterminar al diezmado pueblo germano. Asimismo, tres años más tarde, se publica la Declaración Universal de Derechos Humanos (DDHH). Para unos fue un gesto quizás desesperado, pero políticamente correcto frente a la carnicería de millones de personas que, en tres continentes, vieron con horror cómo la vida se les escapaba.

Y que fue algo políticamente correcto se debe al clímax histórico de las más crueles contradicciones. Esos mismos chicos que con suerte eran amamantados mientras -en 1948- las naciones celebraban el contenido de la Declaración, dos décadas después eran arrojados en tierras desconocidas al fuego de las ametralladoras y al infierno fratricida. En Chile, los versos de Víctor Jara remecían con su “derecho a vivir en paz”, cuando poco después caía –en manos castrenses- bajo la tortura y por casi cuatro docenas de impactos de bala. Por tanto, si De Beauvoir estaba en lo cierto, la socialización, los valores culturales y la memoria, debiesen ser los platos de fondo de la cocina social; no solo un arreglo cognitivo conveniente a los intereses de unos pocos, sino que la base de toda relación social. La Declaración reafirma en su contenido, no solo la existencia, sino también la dignidad de una vida humana que aún es vulnerada a rajatabla. Se trata de que esa noción de la existencia social sea el piso y no el techo al cual debiésemos aspirar. Porque si todos un día  vamos a morir, que sea después de haber experimentado con dignidad nuestra posición social y existencial en este mundo: el hecho mismo  de haber venido al mundo debiese ser una condición más que suficiente para el desarrollo pleno y satisfactorio de la vida individual y colectiva.

Esto se aplica si efectivamente este mundo fue creado por aquellas y aquellos que nos antecedieron, en términos de su responsabilidad histórico-colectiva que condiciona las circunstancias de arribo y las oportunidades de vida, al interior de la estructura social. Pero, sabemos que esto no es así. La marca del arribo queda tatuada en la piel de millones de seres humanos que observan con distancia sideral aquello denominado como una existencia digna. Otros, no se sabe si con mejor suerte, desde la subordinación crediticia hipotecan sus sueños de una vida mejor. Los asesinatos en La Araucanía de Camilo Catrillanca y del matrimonio Luchsinger-Mackay, son dos consecuencias históricas –entre otros tantos ejemplos- de la supremacía del derecho de propiedad por sobre la vida y la dignidad humanas.

Por ello, la emergencia en 1948 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos representa quizás una respuesta tardía y aún ineficaz, si se sabe de siglos de legitimación de la cultura de la violencia, la dominación y la subordinación, en todas las dimensiones de la vida social. En presencia de tipos específicos de dominación y explotación -como ocurre en el caso del neoliberalismo- los derechos humanos están desprovistos de una suficiente capacidad de realización en la vida cotidiana. Su realización efectiva sería un proceso subversivo a los intereses de las élites, las cuales se han abocado históricamente a legitimar las contradicciones evidentes entre discursos y prácticas, en materia de derechos humanos, de vida digna y de buen vivir.

Sin embargo, la subordinación siempre se ha manifestado como una situación incompleta, no como una condición inmodificable. Los chalecos amarillos en la Francia de Macron, las manifestaciones autonomistas indígenas del continente, los movimientos feministas del planeta y las causas ambientalistas, expelen el aroma de resistencia y de la conciencia del derecho a vivir en un mundo libre de la legitimación de la iniquidad social. Es el perfume de la subversión esperanzadora que se expande, cada cierto tiempo, por sobre el hedor de nuestra cómoda insensibilidad. Y esto ha ocurrido siempre, no sólo ahora. “Tengo fe en Chile y su destino” fue la paradoja que arrojó Salvador Allende por Radio Magallanes, poco antes de sucumbir entre las ruinas del palacio de gobierno. Si Simone De Beauvoir viviera aún, diría que Allende -con su épico discurso- transformó en Chile su cultura adquirida, así como la guitarra y la voz de Víctor Jara modificaron la noción de dignidad de los trabajadores de la época.

Si lo que es arriba es abajo y si lo que es abajo es arriba, si ese aforismo es cierto, es posible que un día la humanidad subordinada vea, desde la altura, sus derrotas sociales como un recuerdo mal parido. Es que en la memoria se reconstruye la dignidad individual y colectiva, aunque sea en medio del fracaso y de la muerte. Vivimos en promedio setenta y cinco años, que no es más que un fugaz destello en la inmensidad de los procesos históricos. Ningún interés elitista puede brillar más que el fulgor pasajero de cada vida humana. Como tampoco opacar el valor de los derechos humanos, frente a los triunfos momentáneos de la dominación y de nuestra propia soberbia que la sostiene.

Porque es cosa de tiempo. En el fragor de las brasas, en medio de las candentes cenizas, toda tortilla debe dorarse también por el otro lado.

*  Fotografía: Fundación Víctor Jara.

** Publicado en el Periódico NN, Número 4, Concepción - Chile.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Pobreza v/s fraternidad en La Araucanía: dos tipos de relación social


Cuando Mahatma Gandhi señalaba que la pobreza es la peor forma de violencia, es difícil no situar las carencias materiales y humanas en el terreno de las relaciones sociales, como tampoco no sospechar que el privilegio de unos pocos requiera, para constituirse como tal, de la desventaja o de las indignas condiciones vitales de una mayoría. La suspicacia surge al concebir la pobreza, ya no sólo como un atributo individual subsanable por la mera gestión personal de las propias condiciones de vida. La sospecha es que la pobreza es un tipo de relación social, donde el otro ha dejado de importar cuando se trata de distribuir los recursos y las oportunidades. Es la idea cada vez menos sostenible del mérito personal, del merecimiento individual de los privilegios, por sobre los derechos humanos y la dignidad de las personas… de las otras personas.

Así las cosas, la pobreza es la derrota colectiva de los principios de fraternidad y de solidaridad humanas, lo que es especialmente observable en los complejos territorios de La Frontera. En los últimos años, las cifras que refieren a la situación de pobreza en Chile, han castigado una y otra vez a La Araucanía como la región más desfavorecida del país. Y no se trata de un capricho estadístico de algún analista de la Encuesta CASEN, sino del hecho de que el porcentaje de población pobre -no sólo por déficit de ingresos, sino que en términos multidimensionales- se ha mantenido por sobre el 28 por ciento, al menos en los últimos cuatro años. Específicamente, la pobreza multidimensional refiere a las carencias que la población puede presentar en un mínimo de tres variables de las dimensiones de educación (acceso y rezago escolar, nivel de escolaridad); trabajo/seguridad social (ocupación, seguridad social y jubilación); vivienda (nivel de hacinamiento, estado de vivienda y servicios básicos) y; salud (nutrición, adscripción a sistema previsional de salud y atención en salud).

Como se está habituado culturalmente a atribuir o a culpar de la pobreza al pobre, asumir que la pobreza se ha tejido a lo largo de la historia en relaciones humanas y sociales injustas, es un  gran avance en nuestra reflexión ética y política. Permite plantear que las políticas públicas debiesen, más allá de atender características individuales desaventajadas, focalizar su análisis y acciones en transformar aquellas relaciones sociales injustas o desiguales (ya sean sociolaborales, económico-productivas, de género, etnoculturales o ecoambientales) que de manera coactiva se han estructurado en la geografía social de La Araucanía.

Que la pobreza, entonces, sea concebida como un tipo de relación social, devuelve a todos la responsabilidad colectiva respecto de los destinos existenciales y materiales de cada ser humano que habita en el territorio. Y, asimismo, la idea de que sin fraternidad no pueden transformarse las relaciones de pobreza, ni curar las fisuras relacionales desarrolladas bajo el pretexto autorreferente del privilegio y del mérito individual.

(*) Fotografía: Depositphotos.
(*) Publicado en septiembre de 2018, en la revista "Araucanía Laicista" (N° 4), del Centro de Estudios Laicos de la Araucanía. Temuco, Chile.


miércoles, 29 de agosto de 2018

Ciudad Traicionera





Fue como una puñalada
teleserie mexicana con derecho a todo
Muy cargada al maquillaje
para esconder la culpa que lleva por dentro
ciudad traicionera
lo lleva por dentro


- Joe Vasconcelos




Siempre se ha experimentado el deseo incontinente de enviar la ciudad al carajo. La indiferencia de las calles, la juerga trivial de los bares, el desencanto tras una expectativa frustrada o los fluidos exudados en todo acto de supervivencia, corren con frecuencia por el caudal aglomerado de una humanidad, que serpentea bulliciosa por las arterias de pavimento que imbrican toda la urbe. Cuesta creer en la bondad de las ciudades; más aún si vienes de abajo, de la calle con ripio, de la casa pareada con la furia del vecino o de la barriada periférica segregada de esos pocos que tuvieron mejor suerte.


Dan ganas de irse a un pueblo chico, donde ni la junta de vecinos es tan necesaria, porque en ocasiones, alrededor de una parrilla, de la copucha arremolinada y de botellones de vino tinto, hasta el color de las calesitas de la plaza se deciden con la boca y la copa llena. “Los pueblos son libros, las ciudades periódicos mentirosos”, murmuraba Federico García Lorca, para más tarde caer fusilado entre dos pueblos de la Provincia de Granada. Los fascistas lo durmieron para siempre, pero al menos cerró los ojos en las faldas de un olivo y no a espaldas de un muro ametrallado.


Sé de quienes adoran y se aferran a algunas ciudades, como Berlin, Paris, Buenos Aires o Santiago de Chile. Otros las quieren olvidar. Pero, siempre esa predilección o ese repudio es el resultado de la propia vivencia, que muchas veces no tiene nada que ver con la vivencia de los otros. El regocijo experimentado al caminar por las calles de algún barrio del planeta, ya sea Kreuzberg, Saint Denis, Barrio Brasil o San Telmo, convive con el desamor derramado por otros en las mismas veredas transitadas.


En las ciudades se nace y se muere, pero también se vive maquillado para ocultar la sensación de peligro o de atracción que nos inspira el otro. De una u otra forma, el camino hacia la alteridad siempre supuso saltar la valla de la clausura social que nos segrega a unos de otros. Porque mientras unos pocos deambulan sobre el umbral endogámico de los privilegios, otra humanidad circula por los intersticios urbanos, donde la invisibilidad duele y la pobreza entume el alma con ese olor a subsistencia. Ambos, unos y otros, no se tocan, ni se huelen, porque el aroma que liberan, requiere –para ser percibido- de aquella proximidad dérmica lapidada por la segregación social instalada.


Dan ganas de dormirse en una calle y despertar, aunque sea muerto de frío, a la orilla de un arroyo perdido en la montaña. Porque hasta el mismo callejón por donde caminaba la abuela y la madre, cargando el morral con verduras, ahora transmuta por la especulación inmobiliaria con estética hipster. El viejo barrio, las pandillas y los amigos, hombres y mujeres sudando la jornada y volviendo por las noches a ese vecindario tan habitual como el vaso de vino en el bar de la esquina, son lentamente gentrificados (del anglisismo gentry o “burgués”), que significa patear el trasero a los antiguos pobladores, para desalojarlos y desplazarlos a quién sabe dónde.    


Las historias de vida, fugaces como un destello en el espacio-tiempo de la evolución urbana, muerden la tragedia de los proyectos vitales truncados o la seductora idea de un merecido lugar en la cúspide social. Sin embargo, no hay meritocracia alguna en ser arrojado al mundo, para ser luego atrapado por la telaraña social en donde a uno lo han parido. Y como el privilegio o la pobreza con que somos recibidos en este cosmos humano, son como un puerto en el cual varamos casi por accidente, el acto de encallar sí escapa a nuestra voluntad, pero no así los naturalizados roqueríos esculpidos por la desigualdad de las condiciones de existencia. El azar, entonces, es una mala excusa, un maquillado relato para ocultar la responsabilidad colectiva ante el privilegio, por un lado, y ante la pobreza o la desesperanza, por el otro.


Dan ganas de abrazar al vecino y advertirle en un susurro que la ciudad nos ha traicionado. Porque frente a la promesa de ser feliz, ya sea por obra de Dios o de la humanidad derramada en la urbe, la ciudad muchas veces infiere la estocada sin la culpa colectiva que lleva por dentro. “La bondad podía encontrarse a veces en el centro del infierno”, decía Charles Bukowski, con un optimismo agrio, como el vodka barato con que refregaba su garganta. Y no hablaba de la escena emotiva de una teleserie mexicana o de un culebrón apasionado con derecho a todo. La bondad seguirá siendo un intento resiliente por reducir la distancia sideral, que la geografía urbana ha trazado entre los seres humanos. Y si la ciudad es traicionera, hasta el abrazo entre dos desconocidos es un acto de resistencia. Porque mientras exista el beso furtivo en los bulevares, la taza de azúcar generosa de la vecina, la sonrisa exultante por las alegrías del otro o la vivencia de compasión –y no de lástima- frente al dolor o la desesperanza, los muros sociales que segregan y que fueron levantados en las urbes para restar valor a los otros, quizás algún día puedan ceder ante la fuerza inexorable de la empatía y del reconocimiento.


Dan ganas de quedarse en el bar, hasta que las luces se apaguen y entre las sombras vuelvan a parpadear esos ojos adormilados que humedecían la adolescencia. Dan ganas de rellenar el vaso con sorbos cortos de esa mirada que, luego de tantos solsticios y desde el otro lado de la urbe, pasó a ser memoria violenta de un beso desvanecido. Por eso la ciudad convierte en auras astrales y en añoranza los recuerdos. Los desfigura, los atomiza en pequeñas escenas que, con el tiempo, queman cuando se rememoran. Y, finalmente, los pulveriza, para esparcir sus partículas en la nada.

Ciudad traicionera, ciudad de mierda: ni siquiera la culpa la lleva por dentro.


(*) Fotografía: La Izquierda Diario Chile.

(**) Columna publicada en NN Periódico (número 3), Concepción, Chile.