Epígrafe Fronterizo

"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los garbanzos, del pan, de la harina, del vestido, de los zapatos y de los remedios dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y se ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el niño abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales"

Bertold Brecht

martes, 28 de octubre de 2014

De Montañismo y Evoluciones: La Ética Resiliente de Andy Parkin


Fotografía: Moviespictures

Llegué a Paris en un periodo de mi vida en que todo parecía ir cuesta arriba, sin terrenos llanos, ni declives holgados por donde apaciguar la marcha. Llegué a Paris sabiendo que hay momentos en que las circunstancias se imponen, nos interpelan y nos enrostran, desde escarpadas alturas, lo duro que puede llegar a ser el masticar el día a día. Me bajé del tren en Austerlitz, para dirigirme rápidamente a la populosa comuna de Montreuil, allá en el extramuro. La opacidad del otoño se deslizaba entre multitudes de paraguas que corrían en todas las direcciones. Por mucho que la llamen la “ciudad de la luz”, en sus aceras y adoquines repiqueteaban la lluvia y las apresuradas zancadas de tanta humanidad añorando los brillos del último solsticio. Me interné en el tren subterráneo con la sensación de no querer descender más, sin recordar que la vida se reserva en el reverso el otro rostro de la dualidad. Había olvidado que después de caer, hay que volver a levantarse y rebelarse contra la fuerza de gravedad. Y que ante grandes y vitales acontecimientos, el esfuerzo de cada paso es similar a los que se tienen que prodigar al ascender una empinada y accidentada montaña.

¿Cómo será alcanzar la cima y contemplar el camino recorrido desde la perspectiva de la cúspide? Durante el fin de semana los artistas de Montreuil abrieron las puertas de sus ateliers, de sus salas de ensayo y durante el fin de semana toda la comuna se vistió de exposiciones, conciertos, representaciones teatrales y performances. En medio de la lluvia, el barrio celebraba. Los vecinos ingresaban a casas y edificios en busca del sonido, del movimiento y de la imagen. En cada locación los anfitriones vertían el vino en las copas de los visitantes, para humedecer sus gargantas y entibiar sus espíritus. Llegué al lugar de alojamiento, una casona enorme donde mi hermano y sus cohabitans preparaban un concierto y exposiciones de dibujos, pinturas y trabajos en cerámica. La casa estaba atestada de gente volcada en estridentes preparativos. Más tarde sus habitaciones se verían colmadas con el arribo de un coro de Marsella, que traía consigo un variopinto repertorio de antiguas y encendidas canciones anarquistas.

¿Cómo será el trayecto hacia la cima? En medio del ajetreo, me apero de una copa y mi hermano, adivinando, descorcha una botella. Lo veo girar sonriente hacia la puerta del salón y me señala al hombre que viene entrando. Me dice que es Andy Parkin, un pintor y escultor inglés avecindado hace décadas en Chamonix, una localidad enclavada en los Alpes franceses, a los pies del Mont Blanc. Me cuenta que su curriculum de montañista y aventurero es tan extenso, que ni al Monte Everest, que corona el Himalaya, ha exceptuado en sus escaladas. Por alguna razón, la vida a veces se encarga de poner a seres extraordinarios en el camino, en el momento oportuno y en el lugar preciso. Lo veo aproximarse cruzando la sala, rengueando con un dejo de niño serio. Parkin me saluda, mientras mi hermano le ofrece una copa de vino. Más tarde me entero de que su cuerpo, innumerables veces accidentado y otras tantas sometido a periodos de rehabilitación, aún resiste el fragor de las ascensiones.

Sus fracturas ya soldadas y las secuelas motrices que denota su marcha, son un silencioso testimonio de su capacidad de regeneración. Discreto en situaciones sociales, Parkin sonríe mientras lía un cigarrillo espirituoso y ausculta concentrado el alegre caos que se ha apoderado de la casona. Montreuil Portes Ouvertes [Montreuil, Puertas Abiertas] promete ser una fiesta de íntimo encuentro entre los artistas y la comunidad. La inauguración, con lectura de poesía del barrio y la agitada mezcla de cumbia-klezmer de La Famiglia Rubinetti, irrumpe entre tanto verso francófono y febriles acordes con reminiscencia judía. Entre la gente veo a Parkin y me pregunto si en el ascenso de nuestra propia montaña interna, es frecuente que padezcamos fracturas, desgarros y lesiones en eso que llamamos 'alma'. Siento ganas de abordarlo y de preguntarle a rajatabla por qué anhela tanto seguir escalando, cuando en la montaña una y otra vez ha resultado lastimado.

Sólo fue en el último día de exposiciones cuando me atreví a acercarme y a enrostrarle su porfía. Yo que arribé a Paris en un periodo vital en que todo parecía ir cuesta arriba, me encuentro con el hombre que hace de los ascensos su forma predilecta de vida. Fue sorprendente que con toda naturalidad me mostrara los paisajes de su propia historia. En un pausado inglés me cuenta que desde niño comenzó a escalar y a pintar, montando su primera exposición en Londres a los escasos once años de edad. Nunca fue a un college, ni a universidad alguna y sus primeros pequeños ascensos los realizó junto a sus amigos. Y, desde entonces, ha viajado y penetrado las montañas del mundo solo o con sus amigos. La soledad, la fraternidad y el roce con la muerte han acompañado siempre sus trayectorias hacia las más grandes alturas. Me dice que escalar no es un deporte, porque no se trata de competir, ni consigo mismo, ni con los demás. Tampoco se trata solamente de subir para alcanzar la cumbre, sino que lo relevante es la experiencia del trayecto, con frecuencia en condiciones muy difíciles. “Entonces ¿No se trata de 'dominar' y 'conquistar' la cima?” -le pregunto, mientras la noche se cierne desde el oriente. “No” -murmura Parkin. “No se trata de conquistar la cumbre, sino de la experiencia de desarrollar, en el ascenso, las capacidades de adaptación y de sobreviviencia”. 

En sus viajes a Nepal ha abierto otra ruta de exploración, pero acompañando a las elevadas cumbres de la creatividad a niños nepaleses con discapacidad auditiva de dos escuelas de Katmandu. Luego de trabajar con ellos en talleres de dibujo y escultura, Parkin reúne las obras de los niños y las expone en la Francia alpina, donde las vende y deposita íntegramente el dinero en un cuenta bancaria de la misma comunidad. Me cuenta que esa labor está inserta en un proyecto mayor denominado Comunity Action Nepal (CAN), también asentado entre las montañas del valle de Katmandu.

Mientras enciende otro de sus cigarrillos, detiene el relato y me ofrece una calada. Afuera llueve y Parkin, algo reticente, acepta una chupada del mate que le ofrezco. En la noche cenamos junto a los anfitriones de la casa, la gente del coro de Marsella y en compañía de algunos visitantes que han sido invitados para quedarse a comer. Le cuento que parto al día siguiente, que me regreso al campo en el sur de la Francia, allá en el Midi-Pyrénées. En mi mente coalisionan los niños nepaleses, la ubicuidad de todas las cumbres, la voluntad de resistir y las lecciones de resiliencia del sexagenario artista visual y montañista. Me desea un buen viaje. Y era qué no. Si sin darse cuenta, entre bocanadas y sorbos de mate amargo, Andy Parkin me ha dejado justamente a los pies de mi nueva montaña de evolución personal. 

(*) Publicado en la revista impresa "Bufé Magazín de Cultura".
 

jueves, 2 de octubre de 2014

Todos somos (un poco) Marxistas




Imagen: www.crisolplural.com

Recuerdo el día en que abrí esos volúmenes por primera vez. Tenía catorce años y los tomos estaban hace días visibles en la repisa de libros de la casa de mi padre, allá en el Nordeste brasileño. La dictadura con gusto a feijoada había caído poco tiempo atrás. Sin embargo, aún reverberaban el recelo, el temor furtivo que evocaba el adjetivo de “marxista”, atributo que frecuentemente se deslizaba en las chácharas de los “compañeros” de mi padre. El Capital (Das Kapital) cayó en mis manos, diseminando en mí más intuiciones que conceptos. Luego de digerir por unos días las primeras páginas, todavía no alcanzaba a comprender por qué en Chile el genocida anunciaba con rabiosa virulencia su épica “guerra contra el marxismo”. Como si ser marxista o pensar en clave marxista fuese tan fácil como ser del Colo Colo o del Bayern München.

Un par de amigos pernambucanos comenzaron a olfatear el primer tomo. Más tarde nos explicaron que el marxismo no era más que un método de análisis. Desconcertados, mientras avanzábamos en la lectura, poco a poco íbamos comprendiendo la indignación que desde hace casi ciento cincuenta años ha hecho apretar las mandíbulas y los puños de millones de trabajadoras y trabajadores de este mundo. Entre tanto término ilegible, un presentimiento iba cobrando forma. Era como caminar en la bruma y tropezar de súbito con la señalética que advertía el escabroso rumbo hacia una de la más grandes tragedias del homo sapiens sapiens: la historia humana de la dominación.

En la mitad del segundo volumen perdimos el interés. A los catorce años, el fútbol de calle y las chicas fueron más fuertes que la curiosidad por algo que nos costaba mucho entender. Pero quedó clavada en nosotros la espina de una latente amargura: Que todo trabajo tiene un valor, que ese valor es transable y que siempre unos pocos se han apropiado de ese valor producido por muchos. Esa percepción hizo las veces de una piedra arrojada en la cristalería de nuestro pueril optimismo. Porque lo que descubriríamos más tarde era que la dominación y la explotación de unos pocos individuos por sobre millones de seres humanos, estaban legitimadas culturalmente. Es decir, a pesar de la retórica igualitaria de algunos(as), en el fondo el “poner la pata encima” es ejercido y aceptado tanto por unos(as), como por otros(as).

En el Chile noventero, la dominación ya no sería ejercida más a punta de corvo y de fusil amenazante, sino que a través de la profundización de un modelo de desarrollo neoliberal vitoreado por la derecha, con el discreto beneplácito de notables personeros de la “izquierda progresista”. Por eso no es novedad decir que los gobiernos post-dictadura institucionalizaron en Chile el abuso y la explotación, en todas las áreas de la vida productiva, política y social, y en todos los segmentos sociales. Pero, que no sea ninguna novedad decirlo, significa también que no tiene ninguna conmoción relevante políticamente. En otras palabras, aunque aparezcan la sorpresa, la indignación y la sensación de injusticia, éstas aún no tienen la suficiente fuerza para trascender la subjetividad individual, para dirigirse hacia la acción política colectiva y organizada, aquella que puede transformar el orden social y cultural. O hacer que el modelo de explotación acabe por derrumbarse, usando el lenguaje directo de Alberto Mayol.

Para que esas relaciones de explotación se mantengan en el tiempo, se requirió de la más eficaz legitimación; es decir, que se naturalice esa anomalía. Y no es un asunto de conciencia. Sabemos que somos explotados, pero hemos aprendido como buenos inquilinos a convivir con ello. Entre nuestras más sabrosas contradicciones, está la de denostar y despotricar contra la mirada marxista, aunque reconozcamos que pertenecemos a un país donde siempre unos pocos se han apropiado del valor producido por muchos. Aún más, la rentabilidad económica y política de una relación de explotación (como muestra, ver las leyes laborales chilenas) se ha vinculado con conceptos muy apreciados, como “emprendimiento empresarial”, “innovación en recursos humanos”, “libertad de las personas” y “flexibilidad laboral”.

En un país donde nos metieron la absurda idea de que el cliente siempre tiene la razón (nunca el trabajador), el modelo extractivista chileno recurre primordialmente a la apropiación desregulada del valor del trabajo. Cuando se discutía en el Congreso la Ley que establecía el cierre del comercio los días domingos, a partir de las 17 horas, Susana Carey, presidenta de Supermercados de Chile, señalaba que “aplicar estas restricciones al funcionamiento del comercio, y en particular de los supermercados, genera un serio problema a las personas que por razones laborales sólo pueden acudir a hacer sus compras los fines de semana, en especial, los domingos y festivos”. Es decir, no se trata aquí de producir un cambio cultural donde las personas (clientes, en Chile) planifiquen de otra manera sus compras y los trabajadores dispongan de mayor tiempo libre. En algunos países miembros de esa OCDE (de la cual nos ufanamos de pertenecer), el comercio está por Ley cerrado todo el día domingo. Asimismo, nadie “pobretea” a los clientes como lo hace Carey y a casi nadie se le ocurriría cuestionar el derecho de un(a) trabajador(a) a descansar el día domingo.

Los que piensan que la lectura marxista quedó aplastada entre los escombros del Muro de Berlin, erraron medio a medio. Esa fue una de las grandes estafas de la izquierda chilena post-dictadura: desclasar el análisis de las relaciones sociales, despolitizar la reflexión en torno al valor del trabajo y evitar cualquier cuestionamiento al supremo derecho de propiedad, que defiende a rajatabla la élite feudal de nuestro país. El legado de Herr Karl Marx nos abrió una posibilidad de rebelión contra la explotación del “emprendedor” de turno o contra la usura crediticia de nuestro sistema comercial y financiero.

Por un momento, mire cómo vive y deje de contemplar embobado la elegante fusta del explotador: a veces, todos somos un poco marxistas.

(*) Publicado en la revista impresa Bufé Magazín de Cultura (Concepción - Chile).

viernes, 29 de agosto de 2014

Diálogos con Gidon Graetz: La Dualidad y la Dialéctica de la Materia



Fotografía: Camilla María Santini 

Cuenta la historia que corría el año 1951 y que el joven Gidon Graetz (Tel Aviv, 1929) junto a su acompañante, Miriam Rosen, paseaban por los alrededores de la frontera norte de Israel. Tres años antes la región era protagonista del inicio de la denominada guerra árabe-israelí y de la cruenta debacle que continúa hasta el día de hoy. Sólo en el 2014 la pugna en la Franja de Gaza ha truncado más de dos mil vidas, casi todas de civiles y en su mayoría palestinos. En el trayecto ambos jóvenes se percatan de que han perdido el camino. Un árabe, al que le piden orientación, los conduce en una dirección que resulta ser la equivocada. Cuando se dan cuenta del embuste, son tomados prisioneros, cubriendo sus ojos y cualquier atisbo de esperanza. El joven Graetz intenta evadirse, pero su corta carrera acaba con su cuerpo impactado por las balas. Aún malherido, finge estar muerto y, entonces, sus captores dirigen la mirada hacia donde se encontraba la muchacha. La suerte está echada. Entonces, reuniendo todas fuerzas y para sorpresa de sus verdugos, Graetz se incorpora intentando proteger a su amiga. Sus captores tienen que haber pensado que ahí hubo alguna intervención divina, porque les perdonan la vida doblando la mano al destino. Sin embargo, los separan. El joven Graetz es conducido a un hospital y Rosen va a parar a la cárcel. Más recuperado, Graetz es conducido a prisión. Y es liberado seis meses más tarde.

El episodio me lo contó una sus nietas, la actriz y músico francesa Lea Loyer. Días más tarde, leí en internet un relato similar de la poeta londinenese Karen Alkalay-Gut, quien narraba el propio testimonio que el escultor Gidon Graetz había hecho público en un canal de televisión. Sesenta y tres años después me encuentro con el ya octogenario escultor en su residencia, el Castillo de Vincigliata, ubicado en Fiesole, una sobrecogedora construcción medieval enclavada en la perturbadora Toscana florentina. En medio de filas de olivos y de unos alrededores del castillo transformados en una formidable galería de esculturas al aire libre, Gidon Graetz entreabre su mundo interno, dejando al descubierto su infatigable intervención sobre la materia. Sus esculturas, distribuidas por claustros, patios y jardines, se confunden con la visión desde las alturas de esa Florencia imperecedera.

Una tarde de verano nos sentamos en los exteriores del castillo y bebimos un poco de café. De a poco me fui enterando de que sus esculturas se encuentran en espacios públicos de importantes ciudades de Estados Unidos, Alemania, Italia, Israel, Arabia Saudita y Australia, entre otros sitios del orbe. Los inicios de Gidon en las artes visuales están profundamente ligadas a la mediterránea cuenca antaño renacentista. En 1954 se inicia en escultura en piedra en la Accademia delle Belle Arti de Florencia, bajo la tutela del escultor Pericle Fazzini. En 1956, se traslada por dos años a Paris, donde es guiado por el escultor Marcel Gimond, en Le Beaux Arts. Su predilección por las formas libres, lo llevó a deslizarse desde la escultura figurativa de sus inicios, hasta el despliegue abstracto de sus obras posteriores. Esa transición también circundó en torno a los materiales. De la piedra y el mármol, su interés se desplazó hacia el bronce y, finalmente, al acero noble que funde y transmuta en ondulantes y circulares formas, allá en su estudio de Vincigliata.

Entre sorbos de café le pregunto qué relación él establece entre el arte y la política. Y me responde inmediatamente: “Ninguna”. No me quedo tranquilo e incrédulo le replico que, cuando observo sus obras, siento que la dualidad de las cosas está presente en cada una de sus esculturas. Graetz asiente y, mientras parece querer decir algo, pienso que toda dualidad en algún momento depara conflicto, que toda expresión binaria de la vida señala un vértice de pugna. La política anida esa coalición entre dos opuestos, emana la energía de toda fractura social. Y la fricción irradia el calor de la discordia. Gidon Graetz tiene que haber olfateado la inquietud. Dice que claro, que esa dualidad es la base de todas las relaciones perceptibles de la existencia. Pero, que lo que le interesa de la dualidad es la armonía y su expresión cúlmine, la belleza. Y Graetz, que no olvida a los que le precedieron, recordó en la conversación al escultor rumano Constantin Brâncuși. “La belleza -citando al escultor modernista- es la armonía entre los contrastes”.

Yo, que venía decidido a conocer su opinión sobre la relación entre arte y política, salí trasquilado. Lo imaginaba joven, herido de bala, prisionero en alguna cárcel siria, en medio de un incipiente conflicto que lo que menos evoca es armonía y belleza. Al día siguiente, Graetz me invita a su estudio a los pies del castillo. Acababa de terminar su última escultura, “Los Cuatro Anillos”, cuatro argollas entrelazadas que representan las imbricaciones entre la música, el teatro, la danza y las artes plásticas o visuales. Creo fue en ese momento en que comprendí algo de la visión del octogenario escultor. En cada golpe dirigido al material, Graetz hace surgir las curvaturas, las circularidades, las ondulaciones que evocan movimiento, flujo y recorrido. No se detiene en las discrepancias de la dualidad, sino en la dialéctica de los opuestos, en sus conexiones, en su potencial de armonía.

Quizás, aunque explictamente rechaza su relación, Gidon Graetz sin querer traspasa las fronteras entre la creación artística y lo profano de la política. De su dialéctica es posible extraer el valor ético de su trabajo sobre la materia, poniendo una difícil meta para las convulsionadas sociedades humanas: La unidad en la diferencia, el encuentro entre las disparidades, la dualidad trascendida como esos cuatro anillos entrelazados. Y eso, que es maravilloso y tan deseable, la armonía y la belleza, para nuestro cálculo mezquino, para nuestra astucia de poca monta, ya es mucho pedir.

(*) Publicado en la revista Bufé Magazín de Cultura y en El Quinto Poder










jueves, 31 de julio de 2014

Todos Somos Goliath



Fotografía: globedia.com

Todos intentamos parecer de alguna manera políticamente correctos. Y digo “parecer”, porque generalmente lo que somos o vamos siendo tiende a diluirse en el frágil arte de las apariencias. Por mucho que nos horroricemos con las imágenes de los cuerpos de esos niños palestinos destrozados por la artillería israelí, la gran mayoría de nosotros hemos tomado palco. Nuestra vocación de testigo, nuestra posición de espectadores o nuestra afición a ser audiencia, se entrecruzan con nuestras piruetas morales que reafirman la creencia de que no somos responsables de nada. Miles kilómetros nos separan de aquellos dolores impronunciables, de los crímenes de lesa humanidad. Todos ellos han quedado registrados, como indelebles heridas, en las imágenes que circulan por los mass media y las redes sociales. La distancia, entonces, se ha vuelto un recurso conveniente y el arreglo cognitivo se ha transformado en nuestro arte predilecto ¿Por qué tenemos la secreta creencia de que hay seres humanos que pueden ser destinados a una vida miserable, a la exclusión, a la segregación e, incluso, al exterminio y a la desaparición? O, si no creemos eso ¿Por qué dejamos que ocurra?

La violencia militar, la estrategia de aniquilación de un pueblo y el ímpetu genocida del régimen de Benjamin Netanyahu, han irrumpido en nuestras vidas cotidianas en la forma de pirotécnicos fenómenos audiovisuales. Porque, al fin y al cabo, desde nuestro cinismo, las imágenes nos impactan moralmente tanto como cualquier violenta escena cinematográfica, vista desde los cómodos sofás de nuestras casas. Sin embargo, ¿Cuándo comenzamos a hacernos la idea de que lo que les sucede a otros no tiene que ver con nosotros? ¿Cuando empezamos a “naturalizar” el mito de esa deconexión? Como estamos colonizados hasta en la entrepierna, Goliath [גוליית] nos horroriza tanto como es capaz de excitarnos. La tragedia de Gaza nos conmociona, pero también sentimos que no tenemos nada que ver con ella. Esa dosis de cinismo siempre fue necesaria, para que la vergüenza y la culpa no nos desbordara psicológica y sociopolíticamente. Nuestra distancia espacial y temporal ante las relaciones sociales violentas, posibilita esa suerte de despersonalización.

Las fronteras experienciales que separan al espectador del protagonista de la violencia, el límite vivencial entre nosotros y el prisionero del ghetto de Gaza, nos absuelven de cualquier sentimiento de culpa frente al hecho de que, aunque nos conmueva la matanza, no queremos hacer nada. Chile no modificará sustancialmente sus relaciones con el gobierno de Israel y nosotros seguiremos con nuestras convulsionadas o plácidas vidas. La Unión Europea y la ONU harán lo suyo imprimiendo en hojas A4 y dejando sus salivas en los micrófonos, con sus elocuentes e inútiles llamados de alto al fuego. Estados Unidos señalará su preocupación por los “daños colaterales” e intentará justificar su distancia frente al genocidio, igualando los disparos de obuses de Hamas con el sofisticado poderío militar y tecnológico del ejército de Israel. El Gobierno de Chile ha adoptado una posición similar, como si la cosa se tratase de un empate militar, llamando a ambos bandos a deponer las armas.

La frase “Todos Somos Palestina” adquiere, de esta manera, el mismo significado sociopolítico que la imagen del Che Guevara impresa a modo “cool”, en las camisetas y tazones de nuestra autocomplaciente rebeldía. En otras palabras, la indignación política puede ser transformada en un exótico souvenir. Y no es que seamos tibios, sino que ya no nos incomoda nuestra propensión al cinismo. En medio de nuestros alardes de personas muy afectadas por esos pequeños cuerpos destrozados por misiles y esquirlas, restringimos nuestros conceptos de violencia al enfrentamiento bélico en Medio Oriente.

Aunque la violencia -en grados y con ropajes diferentes- se extiende en nuestro entorno inmediato, es cierto que normalmente no nos mueve ningún músculo de la cara. Me refiero a la flamante cifra de doce mil personas que viven en las calles; a centenares de niños en condiciones degradantes de trabajo infantil; a miles de familias agobiadas por una pobreza encubierta bajo la suntuosa alfombra del consumo crediticio; a comunidades mapuche completas con traumas psicológicos, debido a la violencia policial en el interior de sus tierras y hogares; a cientos de enfermos que verán extinguirse sus vidas en las listas de espera de nuestro sistema de salud público. El listado de situaciones es extenso y exuda violencia diariamente. Pero, como somos campeones mundiales del arreglo cognitivo, por supuesto que no somos responsables de nada. Lo importante es parecer conmocionado e, incluso, estarlo un poco, para luego encojernos de hombros y retirarnos por los cómodos pasillos de la complicidad por omisión.

Siempre se ha podido ser elocuentemente tonto y quedar bien parado al mismo tiempo. Las redes sociales están atiborradas de declaraciones que confunden la religión judía, rica y milenaria, con el grupo político que dirige la masacre contra el ghetto de Gaza. Fotografías y posteos exhiben nacionalistas brazos en alto, bravuconadas contra los judíos y llamados a reeditar el holocausto con gusto a cenicero. En Chile, piedras arrojadas contra hogares de familias judías hacen pensar en que ese antisemitismo criollo no es más que confusión e ignorancia, pero en dosis definitivamente peligrosas. No saben que muchos israelíes se avergüenzan del genocidio y que muchas personas judías y judíos por el mundo reclaman el fin de este lento holocausto palestino.

Los muy desmemoriados no recuerdan o no saben que también en nuestro país, hace menos de ciento cincuenta años, los mapuche vivieron el horror del despojo territorial y del genocidio de millares de hombres, mujeres y niños, por parte del ejercito chileno. A la masacre la llamaron “Pacificación de La Araucanía” y hasta el nombre les quedó lindo. Pero, el mundo es un pañuelo y la historia porfiadamente se repite. Hasta que no reconozcamos a ese Goliath que en secreto llevamos dentro, nuestras exclamaciones de horror no serán más que un sucedáneo de la verdadera empatía. Y no es broma. Siempre habrá una Franja de Gaza o un Walmapu a la vuelta de la esquina. 

(*) Publicado en la revista Bufé Magazin de Cultura y en El Quinto Poder.

jueves, 26 de junio de 2014

Pinchanga política y nacionalismo futbolero


Fotografía: Deutsche Welle.

La ovación y la euforia fueron gigantescas en el Yaam, un cosmopólita club enclavado en la zona oriental de Berlin. Ubicado en An der Schillingbrücke, bordeando uno de los brazos del río Spree, cerca de Ostbahnhof, el Yaam ofició de espacio de encuentro para el cónclave rojo que fue repletando los rincones del lugar, frente a una sofisticada pantalla gigante. La apertura del marcador hizo que, antes de concluir el primer tiempo, las reservas de pisco apiladas al costado de la barra del bar pasaran a mejor vida. En medio el clamor nacionalista de la multitud chilena, la mitad de mi cerveza voló por los aires ante la impresionante visión del corto disparo de Alexis Sánchez, perforando el pórtico australiano. “Pocas veces he abrazado a tanto desconocido” - lanzó de pasada a mi lado un hincha chileno, mientras buscábamos la salida del recinto, tras haber concluido el partido.

El comentario siguió reverberando en mi memoria hasta el día siguiente. Para nosotros, un gol de la “Roja” puede hacer que el tiempo se detenga. Deviene un paréntesis, una exultante interrupción en ese agridulce trayecto personal que llamamos “existencia”. La alegría desbordante, ese estado emocional de algarabía asociado a la vulneración de la línea de gol del equipo adversario, puede llegar a constituir incluso un delicioso festín para la cavilación psicoanalítica. Pero, el abrazo, la microproximidad, el contacto de los cuerpos de dos desconocidos en medio de la euforia, es una excepción social. Y la euforia, esa loca que nos revoluciona, también. Dos personas que no se conocen, pero que se atribuyen un mismo denominador, la nacionalidad y, por extensión, las ansias de que su seleccionado triunfe en la contienda futbolera, pueden en estas inusitadas circunstancias suspender las odiosidades sociales, raciales, étnicas y de clase, para estrecharse en un abrazo sucedáneo de comunidad. Sí, “sucedáneo”; o sea, sustitutivo. Porque una vez celebrado el gol, la pelota es ubicada otra vez en la mitad de la cancha y, nuevamente, nos conectamos con la vivencia de competir y de avasallar al otro.

La sociología del fútbol trae esquisitas metáforas sobre un menú de realidades perturbadoras. El nacionalismo pelotero que exudamos ante la oncena de Sampaoli va a parar al tarro de la basura, luego del triunfo o de la decepción por la derrota. Una vez terminada la pichanga, retornamos a la anomia que hemos construido para sobrevivir en este eterno juego de competencia y de individualismo. Es por eso que el abrazo impetuoso a un desconocido, gatillado por un balón en la red, se erige como un comportamiento nutrido de significados ¿Por qué abrazamos a quienes no conocemos? Claro, rodeamos con nuestros brazos a nuestra pareja, a nuestros padres, hermanos y a nuestros hijos. Estrechamos con afecto a los amigos, al compinche, al pana, al brother, al yunta, pero no a aquel que no conocemos. Ese otro desconocido, al cual la mayoría de las veces y de manera muy cínica llamamos “prójimo”, nos importa generalmente un bledo. Muy poca gente sufre de insomnio, después de haber presenciado en la calle a ese “prójimo” en condición de indigencia, en brutal abandono y con grave riesgo en su salud. En casos excepcionales nos enteramos de los vaivenes vitales de nuestros vecinos y no neceseriamente debido a nuestra propia iniciativa o solidaridad. Miles de “prójimos” afixiados por el modelo neoliberal que segrega y modela nuestra vida social y privada; cientos de mapuche víctimas en el sur de la represión policial con aval gubernamental; o los millones de “connacionales” que ven permanentemente vulnerados sus derechos, no nos mueven ni un músculo de la cara, ni nos quitan el sueño.

El nacionalismo futbolero concurre como el aspartamo que endulza el agrio gustillo de la segregación social y de la explotación económica, ambas legalizadas en Chile. La estafa del sentimiento nacionalista radica, entonces, en disfrazar y blanquear la cruda conexión que existe entre explotadores y oprimidos. Bluffea con eso de la unidad nacional. Porque en la dialéctica del abrazo pichanguero se encuentran, por un lado, el fantasma del colectivo y, por otro, la estocada neoliberal de la segregación social. Por supuesto que el gol del “niño maravilla” nos removió hasta las tripas y lo gritamos con el corazón en la mano. Cuando gana Chile en esas lides, todos transitamos entre la borrachera y la resaca, con la dulce disfonía de la celebración. Sin embargo, el pitazo final siempre nos devuelve a la vida cotidiana que, al fin y al cabo, nunca desapareció. Tampoco los goles legislativos de mitad de cancha que las élites políticas y económicas nos propinan, mientras nuestros C-H-I se estrellan contra la pantalla del televisor. El asunto es que esos goles sólo los celebran ellos, allá en el camarín VIP de los privilegiados o en los lustrosos salones de La Moneda y del Congreso Nacional.

En el campeonato de los poderosos, nos han convencido de que la Copa se mira, pero no se toca. Sin embargo, nos han convencido solamente a medias. Es por eso que un abrazo futbolero puede dejar muchas lecciones. Sobre todo, lecciones de comunidad y de organización. Es difícil jugar un campeonato arreglado en favor de las élites. Disponen de su propia FIFA en el sistema político, la cual cobra y sanciona en favor de ellas. Pero, también están arribando a la cancha nuevos jugadores y, tímidamente, nuevos técnicos y dirigentes. Los estudiantes y los movimientos sociales llevan tres años sin bajar los brazos. Y eso ha transformado nuestras percepciones, en especial, aquellas que tenemos respecto de los otros. En otras palabras: con ese “desconocido” con el que celebramos, con aquel extraño con el que nos abrazamos festivamente, también podemos juntos -para sorpresa de los expertos- dar por primera vez vuelta el marcador.

(*) Publicado en la revista Bufé Magazín de Cultura y en El Quinto Poder.

domingo, 27 de abril de 2014

Reforma educacional y el conservadurismo clasista de J. J. Brunner


Fotografía: Sitio web Plataforma Urbana


Desde las movilizaciones estudiantiles del 2011 es que he visto nervioso a José Joaquín Brunner. Si su excitación viene desde antes, reconozco que no me enteré. Sólo recuerdo su acérrima defensa de la operática reforma educacional, aquella que terminó por desarticular en el 2008 las demandas de la “revolución pingüina”. Sin embargo, la fuerza que, a partir de la “Primavera de Chile”, adquirió la demanda por un cambio en 180 grados del sistema educacional chileno, ha correlacionado significativamente –en columnas y declaraciones- con la molestia del sociólogo. El anhelo por el fin del carácter mercantil del sistema educacional (con el lema “No al Lucro”) irrumpió con tanta fuerza, que el “zar de la educación superior” comenzó a revolverse incómodo en los sillones del establishment.

No se trata aquí de cuestionar su calidad académica, sino que algunas de sus posiciones políticas. En el 2008, cuando se discutía en el Congreso la reforma educacional chilena (denominada Ley General de Educación - LGE), calificó como “escándalo” la posibilidad de que no se aprobara la nueva versión de la pinochetista ley orgánica de educación, que maquillaba consolidando uno de los sistemas educativos más segregadores del mundo. Bajo los ropajes de la opinión técnico-académica, Brunner fue enhebrando con mayor cobertura mediática su posición política conservadora. Ya en agosto de 2011 encontraba poco seria la demanda por la gratuidad universal del sistema educativo, señalando –paradojalmente- que atentaba contra la equidad. Su defensa de la educación privada, lo ha llevado a cometer –deliberadamente o no- desvaríos conceptuales insólitos, como cuando sentenció que toda la educación [pública y privada] es pública”.

El 2014 devino con un formato remasterizado del sociólogo. Cuando a comienzos de año los estudiantes expresaron su oposición a la designación de Claudia Peirano como subsecretaria de educación (por su participación directa en negocios educacionales), Brunner calificó de “narcisista” la postura estudiantil. Lamentablemente, sus epítetos psicológicos reflejaron sólo su displicente arrogancia Con la renuncia anticipada de Peirano, la cual fue aplaudida por el movimiento estudiantil, la ofuscación del militante del PPD aumentó de tono. Interpelando al aún no estrenado gobierno de Michelle Bachelet, le auguraba a la futura administración “(…) una imagen empobrecida en términos de su capacidad de gobernabilidad y conducción". Brunner interpretó que los estudiantes le “habían doblado la mano” a la Presidenta y no que habían desnudado los conflictos de interés de Peirano.

La última arremetida fue contra el anuncio del actual ministro de educación Nicolás Eyzaguirre, quien se refirió a la intención del gobierno de acabar con la selección de alumnos en los establecimientos públicos denominados “emblemáticos”. Como para Brunner son el histórico semillero de las élites chilenas, se preguntaba “¡¿Cómo puede ser que los grandes defensores de la educación pública le den la última estocada a una de las pocas fuentes de creación de élites en el sistema escolar público?!”. Muchos nos preguntamos también cómo el anuncio de Eyzaguirre puede producir en la mente del experto esas visiones apocalípticas. Su vehemente defensa de una de las principales causas de la segregación social de nuestro sistema educativo es inquietante. Brunner con esas expresiones está reconociendo el carácter de amenaza del anuncio del ministro, respecto del principio constitucional de “libertad de enseñanza”, instaurado durante la dictadura militar. Es probable que para el sociólogo la eliminación del sistema selectivo en estos “buques insignias” (así les llama), implicaría que esa élite se educaría con aquellos que presentan condiciones socioeducativas más desfavorables, lo que desembocaría en el ocaso de la producción de la crème de la crème de la educación pública.

Todavía no conozco a nadie que emita declaraciones clasistas y que reconozca que lo hace. Pero, sí la frecuente defensa y admiración por las élites -especialmente, las económicas- como rasgo característico de nuestra cultura neoliberal chilena. En un país donde más del ochenta por ciento de la población tiene que hacer piruetas para sobrevivir o para sustentar una “vida digna” (llámese solvencia económica, más reconocimiento por la posición social), el estilo de vida de las élites golpea lo más profundo de la psicología y de las metas de vida las personas. El determinismo de la cuna y la segregación socioeducativa, son procesos sociales que permanentemente nos recuerdan que las desigualdades no son fantasías de espíritus resentidos. Con la excusa del mérito escolar o académico, la selectividad establece quién forma parte de algo y quién queda afuera. El problema es que la alusión al mérito es una falacia retórica que encubre el peso del origen social. Infelizmente para Brunner, el fin de la selectividad romperá decenas de muros sociales establecidos por el mismo paradigma educacional que tanto se empecina en defender.

La tragedia de su conservadurismo es que, al contrario, la apuesta por el fin de la selectividad y por la incorporación de la diversidad en toda su amplitud, mejorará con creces el sistema educativo. Nuestras hijas e hijos se enriquecerán, afortunadamente, con toda esa polifonía social. Aboliendo el secuestro de clase de las oportunidades educativas, en el aula convivirá la heterogeneidad económica, social y cultural. Ese es el anhelo que no lee el sociólogo; eso es lo que lastima su erudita reacción: que en la pulcra cubierta de esos “buques insignia”, los niños y jóvenes dejen de observarse entre ellos a través de la óptica del privilegio y de la exclusión social.

(*) Publicado en la revista "Bufé Magazín de Cultura" y en El Quinto Poder

lunes, 14 de abril de 2014

La Nueva Mayoría y el Voto Chileno en el Exterior: entre el disfraz y un traje que les queda grande


Como respuesta de la Coordinación “Haz tu Voto Volar” a la Sra. Isabel Allende, Presidenta del Senado de la República de Chile.

Partiremos haciendo una afirmación que puede resultar incómoda para la coalición política chilena denominada Nueva Mayoría: se equivocan los parlamentarios y el Ejecutivo al pretender que el establecimiento en la Constitución del voto chileno en el extranjero, de la manera en que lo están haciendo, se trata de un avance hacia la consagración de la democracia. Es incómoda la afirmación porque a pocas semanas de la primera cuenta pública de la presidenta Michelle Bachelet, está la necesidad imperiosa de realizar anuncios históricos, en este próximo 21 de mayo. Y aprobar una reforma constitucional que eventualmente habilita por primera vez en la historia de Chile el voto de nuestros compatriotas en el exterior, constituye un apetitoso acto declarativo.

Pero, la incomodidad ocurre también cuando algo que no se quiere que sea visibilizado o debatido, es puesto sobre la mesa para escrutinio de la opinión pública y ciudadana. Y eso invisibilizado, eso que no se quiere decir para no aguar la fiesta, es lo siguiente: La reforma constitucional que promueve el gobierno de la Presidenta Bachelet, no sólo no es un avance, sino que constituye inclusive un retroceso, en términos de los derechos políticos y ciudadanos ¿Por qué señalamos esto? Porque si la Constitución vigente ya reconoce de manera amplia el derecho a sufragio para todas las elecciones, sin importar si se reside en Chile o en el extranjero, la reforma constitucional que promueve el Gobierno reduce -en el mismo texto constitucional- el derecho a sufragio desde el exterior a sólo las elecciones presidenciales, incluyendo plebiscitos y primarias nacionales.

Y esto resulta paradójico. Si la Constitución vigente creada en una dictadura militar, en un contexto antidemocrático, cuya legitimidad se encuentra seriamente cuestionada, establece de manera universal el derecho a voto ¿por qué la coalición oficialista, que sistemáticamente declara tener convicciones democráticas, reduce en la misma Constitución los derechos políticos y ciudadanos? O dicho esto en términos de trámite legislativo ¿por qué pudiendo establecer en una Ley Orgánica Constitucional el tipo de elección y la regulación del derecho a sufragio desde el exterior, decidió dirigirse a la misma Constitución para generar deliberadamente ahí una situación de exclusión política? No se trata de que el Gobierno ignore esta lectura. Diferentes grupos de chilenas y chilenos organizados en el extranjero han señalado en detalle al Gobierno y a los actuales parlamentarios, sobre el problema de este proyecto de reforma Constitucional. Sin embargo, el Ejecutivo ha presentado esta operación legislativa como indeclinable.

En una columna del 12 de abril de 2014 publicada por el diario electrónico El Mostrador, la actual Presidenta del Senado, Sra. Isabel Allende, se refiere a este proyecto de reforma constitucional (Boletín N° 9069-07) sobre el voto chileno en el extranjero, el cual se encuentra ad portas de ser votado por la Cámara de Diputados con indicaciones en sala esta semana y que, de ser aprobado, volverá al Senado para someterlo a nueva votación. La Senadora Allende (co-autora del proyecto) señala que el voto de los chilenos en el extranjero es un derecho fundamental que amplía la democracia, afirmación de la cual no podemos estar más que de acuerdo. Sin embargo, dice que esta iniciativa otorgará el derecho a voto desde el exterior, afirmación que es incorrecta. Lo que no dice la Senadora es que nuestra Constitución Política de la República ya reconoce de manera amplia el derecho a sufragio a quienes cumplan con los requisitos para ser ciudadano, los cuales no tienen nada que ver con la residencia o no en el extranjero. Tampoco dice que una reforma constitucional no es necesaria para garantizar el ejercicio del derecho a voto desde el exterior. Como no se trata de establecer un derecho, porque ya está consagrado, sino que de “acercar la urna” al ciudadano que está en el extranjero, lo que procedía era debatir y trabajar por la aplicabilidad del derecho y no reducir su definición. Tal como lo hemos manifestado desde un principio, para lograr un mayor fortalecimiento de la democracia bastaría con una Ley Orgánica Constitucional –y/o reforma a la actual Ley N°18.700- que regule un sistema de voto desde el extranjero; la manera de ejercerlo; los tipos de elecciones en los cuales se podrá participar; y en caso de consagrar el voto en parlamentarias, zanjar de qué manera los chilenos en el exterior puedan tener un representante propio en ambas cámaras (por ejemplo, establecer una circunscripción y distrito exterior).

Es este debate el que debe darse en torno al objetivo de ampliar nuestra democracia. Lamentablemente, el actual texto en discusión, busca reformar la Constitución y zanjar desde ya el tipo de votación -solo presidenciales, plebiscitos y primarias nacionales, excluyendo las parlamentarias- en que los chilenos en el extranjero podrán votar. Ello es lamentable por varias razones: i) La actual Constitución no distingue el tipo de elección, razón por la cual esta reforma, al incluir expresamente ciertas elecciones y excluir otras, traería una limitación y un retroceso en cuanto al derecho a voto y establecería la exclusión política en el mismo texto constitucional; ii) el actual proyecto –de aprobarse- revela la inconsecuencia de muchos parlamentarios que, en su momento, votaron a favor de proyectos de ley que buscaban consagrar, entre otros, la posibilidad de votar en el extranjero por representantes en el parlamento (Boletín N° 3936-06). Muchos de estos legisladores, que en aquel entonces eran diputados, lo siguen siendo en la actualidad o son senadores en ejercicio; y iii) El actual proyecto de reforma contrariaría diversos Tratados Internacionales, Convenciones y Pactos, ratificados por Chile, actualmente vigentes, entre los que podemos señalar: Convención Americana de Derechos Humanos (art. 23 y 24); Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (art. 25 y 26); Convención Internacional sobre la protección de los derechos de los trabajadores migratorios y sus familias (art. 41), entre otros.

Lo anterior es posible de ser enmendado. El diputado Giorgio Jackson presentó una indicación, la cual fue rechazada en la Comisión al ser aprobada la indicación del Ejecutivo, aunque podría ser “repuesta” esta semana en Sala. La indicación del diputado Jackson, siguiendo con el espíritu del proyecto original, busca llevar la discusión del tipo de elección a una Ley Orgánica Constitucional –que es lo que corresponde en derecho- y evitar que en la misma Constitución se limite el ejercicio del derecho a voto de los chilenos en el extranjero a cierto tipo de elección, limitación que ha pactado la Nueva Mayoría con la Oposición.

La cuestión acá no es avanzar dos pasos y retroceder tres. Chile y sus ciudadanos (todos independientemente de donde se encuentren) exigen un estándar mucho más alto en el camino de concreción de un real Estado Constitucional y Democrático de Derecho. Hacer lo contrario, sólo nos mantiene con una Constitución –en palabras de Karl Loewenstein- como un traje que nos queda grande, o en algunos casos, como un mero disfraz, pero en ningún caso como debe ser: La Constitución como un traje hecho a la medida.

Ya no se puede culpar ahora a la derecha, quienes – confundiendo el análisis sobre los derechos con el análisis sobre su aplicabilidad- insisten en imponer un vínculo censitario y antidemocrático al derecho a sufragio desde el exterior. Tampoco puede la Nueva Mayoría aludir a las matemáticas, a la dificultad de constituir los quorums requeridos, para justificar la presentación y aprobación de una reforma constitucional que genera exclusión política. La Nueva Mayoría podría contar con los votos necesarios en el Parlamento para alcanzar una situación de sufragio universal. Sin embargo, el Gobierno se ha empeñado en eludir la discusión de fondo sobre qué tipo de democracia queremos y sobre cómo participarán en ella las chilenas y chilenos en el exterior. La Senadora Isabel Allende, el Gobierno de Michelle Bachelet y la Nueva Mayoría saben que en estas lides influye mucho el diseño comunicacional con que se presente una operación político-legislativa. Decir que las chilenas y chilenos en el exterior podrán votar desde el extranjero en las próximas elecciones presidenciales, es un anuncio realmente sobrecogedor. Nadie puede objetar el impacto de un anuncio de esa índole.

Lo que no dirá el anuncio, en caso de ser aprobada la reforma que promueve el Ejecutivo, es que se establecerá la exclusión política en misma Carta Fundamental. Al establecer que las chilenas y chilenos en el exterior no podrán tener representación en el Parlamento, se supeditan el derecho y la democracia a los intereses particulares de los que disputan por alcanzar o mantener el poder. Los mismos legisladores de la Nueva Mayoría, junto a algunos parlamentarios de la Oposición, desean establecer que sus compatriotas en el exterior no podrán elegir a alguien que los represente en el mismo Parlamento en que ellos operan y dónde deciden los destinos de nuestro país. Buen negocio para los parlamentarios; mal negocio para la democracia. Y maquillar de mala manera mediante una reforma constitucional una operación de exclusión política, sólo servirá para una bonita foto para el discurso del 21 de mayo de la Presidenta. Pero será de aquellas fotos que, pasada la fiesta, luego de los brindis y de la borrachera, ya con la resaca, avergonzarán una vez más por su pequeñez política y por la deslucida imagen de los gestores celebrando el triunfo de la exclusión ciudadana.



Autores: Gustavo Fuentes Gajardo, abogado (Santiago de Chile); Oscar Vivallo Urra, psicólogo y politólogo (Berlin, Alemania)
(*) Publicado en El Quinto Poder.