Epígrafe Fronterizo

"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los garbanzos, del pan, de la harina, del vestido, de los zapatos y de los remedios dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y se ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el niño abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales"

Bertold Brecht

viernes, 7 de septiembre de 2018

Pobreza v/s fraternidad en La Araucanía: dos tipos de relación social


Cuando Mahatma Gandhi señalaba que la pobreza es la peor forma de violencia, es difícil no situar las carencias materiales y humanas en el terreno de las relaciones sociales, como tampoco no sospechar que el privilegio de unos pocos requiera, para constituirse como tal, de la desventaja o de las indignas condiciones vitales de una mayoría. La suspicacia surge al concebir la pobreza, ya no sólo como un atributo individual subsanable por la mera gestión personal de las propias condiciones de vida. La sospecha es que la pobreza es un tipo de relación social, donde el otro ha dejado de importar cuando se trata de distribuir los recursos y las oportunidades. Es la idea cada vez menos sostenible del mérito personal, del merecimiento individual de los privilegios, por sobre los derechos humanos y la dignidad de las personas… de las otras personas.

Así las cosas, la pobreza es la derrota colectiva de los principios de fraternidad y de solidaridad humanas, lo que es especialmente observable en los complejos territorios de La Frontera. En los últimos años, las cifras que refieren a la situación de pobreza en Chile, han castigado una y otra vez a La Araucanía como la región más desfavorecida del país. Y no se trata de un capricho estadístico de algún analista de la Encuesta CASEN, sino del hecho de que el porcentaje de población pobre -no sólo por déficit de ingresos, sino que en términos multidimensionales- se ha mantenido por sobre el 28 por ciento, al menos en los últimos cuatro años. Específicamente, la pobreza multidimensional refiere a las carencias que la población puede presentar en un mínimo de tres variables de las dimensiones de educación (acceso y rezago escolar, nivel de escolaridad); trabajo/seguridad social (ocupación, seguridad social y jubilación); vivienda (nivel de hacinamiento, estado de vivienda y servicios básicos) y; salud (nutrición, adscripción a sistema previsional de salud y atención en salud).

Como se está habituado culturalmente a atribuir o a culpar de la pobreza al pobre, asumir que la pobreza se ha tejido a lo largo de la historia en relaciones humanas y sociales injustas, es un  gran avance en nuestra reflexión ética y política. Permite plantear que las políticas públicas debiesen, más allá de atender características individuales desaventajadas, focalizar su análisis y acciones en transformar aquellas relaciones sociales injustas o desiguales (ya sean sociolaborales, económico-productivas, de género, etnoculturales o ecoambientales) que de manera coactiva se han estructurado en la geografía social de La Araucanía.

Que la pobreza, entonces, sea concebida como un tipo de relación social, devuelve a todos la responsabilidad colectiva respecto de los destinos existenciales y materiales de cada ser humano que habita en el territorio. Y, asimismo, la idea de que sin fraternidad no pueden transformarse las relaciones de pobreza, ni curar las fisuras relacionales desarrolladas bajo el pretexto autorreferente del privilegio y del mérito individual.

(*) Fotografía: Depositphotos.
(*) Publicado en septiembre de 2018, en la revista "Araucanía Laicista" (N° 4), del Centro de Estudios Laicos de la Araucanía. Temuco, Chile.


miércoles, 29 de agosto de 2018

Ciudad Traicionera





Fue como una puñalada
teleserie mexicana con derecho a todo
Muy cargada al maquillaje
para esconder la culpa que lleva por dentro
ciudad traicionera
lo lleva por dentro


- Joe Vasconcelos




Siempre se ha experimentado el deseo incontinente de enviar la ciudad al carajo. La indiferencia de las calles, la juerga trivial de los bares, el desencanto tras una expectativa frustrada o los fluidos exudados en todo acto de supervivencia, corren con frecuencia por el caudal aglomerado de una humanidad, que serpentea bulliciosa por las arterias de pavimento que imbrican toda la urbe. Cuesta creer en la bondad de las ciudades; más aún si vienes de abajo, de la calle con ripio, de la casa pareada con la furia del vecino o de la barriada periférica segregada de esos pocos que tuvieron mejor suerte.


Dan ganas de irse a un pueblo chico, donde ni la junta de vecinos es tan necesaria, porque en ocasiones, alrededor de una parrilla, de la copucha arremolinada y de botellones de vino tinto, hasta el color de las calesitas de la plaza se deciden con la boca y la copa llena. “Los pueblos son libros, las ciudades periódicos mentirosos”, murmuraba Federico García Lorca, para más tarde caer fusilado entre dos pueblos de la Provincia de Granada. Los fascistas lo durmieron para siempre, pero al menos cerró los ojos en las faldas de un olivo y no a espaldas de un muro ametrallado.


Sé de quienes adoran y se aferran a algunas ciudades, como Berlin, Paris, Buenos Aires o Santiago de Chile. Otros las quieren olvidar. Pero, siempre esa predilección o ese repudio es el resultado de la propia vivencia, que muchas veces no tiene nada que ver con la vivencia de los otros. El regocijo experimentado al caminar por las calles de algún barrio del planeta, ya sea Kreuzberg, Saint Denis, Barrio Brasil o San Telmo, convive con el desamor derramado por otros en las mismas veredas transitadas.


En las ciudades se nace y se muere, pero también se vive maquillado para ocultar la sensación de peligro o de atracción que nos inspira el otro. De una u otra forma, el camino hacia la alteridad siempre supuso saltar la valla de la clausura social que nos segrega a unos de otros. Porque mientras unos pocos deambulan sobre el umbral endogámico de los privilegios, otra humanidad circula por los intersticios urbanos, donde la invisibilidad duele y la pobreza entume el alma con ese olor a subsistencia. Ambos, unos y otros, no se tocan, ni se huelen, porque el aroma que liberan, requiere –para ser percibido- de aquella proximidad dérmica lapidada por la segregación social instalada.


Dan ganas de dormirse en una calle y despertar, aunque sea muerto de frío, a la orilla de un arroyo perdido en la montaña. Porque hasta el mismo callejón por donde caminaba la abuela y la madre, cargando el morral con verduras, ahora transmuta por la especulación inmobiliaria con estética hipster. El viejo barrio, las pandillas y los amigos, hombres y mujeres sudando la jornada y volviendo por las noches a ese vecindario tan habitual como el vaso de vino en el bar de la esquina, son lentamente gentrificados (del anglisismo gentry o “burgués”), que significa patear el trasero a los antiguos pobladores, para desalojarlos y desplazarlos a quién sabe dónde.    


Las historias de vida, fugaces como un destello en el espacio-tiempo de la evolución urbana, muerden la tragedia de los proyectos vitales truncados o la seductora idea de un merecido lugar en la cúspide social. Sin embargo, no hay meritocracia alguna en ser arrojado al mundo, para ser luego atrapado por la telaraña social en donde a uno lo han parido. Y como el privilegio o la pobreza con que somos recibidos en este cosmos humano, son como un puerto en el cual varamos casi por accidente, el acto de encallar sí escapa a nuestra voluntad, pero no así los naturalizados roqueríos esculpidos por la desigualdad de las condiciones de existencia. El azar, entonces, es una mala excusa, un maquillado relato para ocultar la responsabilidad colectiva ante el privilegio, por un lado, y ante la pobreza o la desesperanza, por el otro.


Dan ganas de abrazar al vecino y advertirle en un susurro que la ciudad nos ha traicionado. Porque frente a la promesa de ser feliz, ya sea por obra de Dios o de la humanidad derramada en la urbe, la ciudad muchas veces infiere la estocada sin la culpa colectiva que lleva por dentro. “La bondad podía encontrarse a veces en el centro del infierno”, decía Charles Bukowski, con un optimismo agrio, como el vodka barato con que refregaba su garganta. Y no hablaba de la escena emotiva de una teleserie mexicana o de un culebrón apasionado con derecho a todo. La bondad seguirá siendo un intento resiliente por reducir la distancia sideral, que la geografía urbana ha trazado entre los seres humanos. Y si la ciudad es traicionera, hasta el abrazo entre dos desconocidos es un acto de resistencia. Porque mientras exista el beso furtivo en los bulevares, la taza de azúcar generosa de la vecina, la sonrisa exultante por las alegrías del otro o la vivencia de compasión –y no de lástima- frente al dolor o la desesperanza, los muros sociales que segregan y que fueron levantados en las urbes para restar valor a los otros, quizás algún día puedan ceder ante la fuerza inexorable de la empatía y del reconocimiento.


Dan ganas de quedarse en el bar, hasta que las luces se apaguen y entre las sombras vuelvan a parpadear esos ojos adormilados que humedecían la adolescencia. Dan ganas de rellenar el vaso con sorbos cortos de esa mirada que, luego de tantos solsticios y desde el otro lado de la urbe, pasó a ser memoria violenta de un beso desvanecido. Por eso la ciudad convierte en auras astrales y en añoranza los recuerdos. Los desfigura, los atomiza en pequeñas escenas que, con el tiempo, queman cuando se rememoran. Y, finalmente, los pulveriza, para esparcir sus partículas en la nada.

Ciudad traicionera, ciudad de mierda: ni siquiera la culpa la lleva por dentro.


(*) Fotografía: La Izquierda Diario Chile.

(**) Columna publicada en NN Periódico (número 3), Concepción, Chile.

jueves, 31 de mayo de 2018

Relaciones de Género en Chile: Mamografía de la desigualdad social



Fotografía: Clarín Chile.

En el último tiempo, Chile ha sido escenario de fuertes cuestionamientos a las asimetrías de género, entendidas éstas como desigualdades de poder arraigadas y naturalizadas en una diversidad de relaciones y prácticas sociales, económicas y culturales. Consideradas como una expresión de dominación patriarcal, las desigualdades de género no sólo aluden a la clásica relación hombre-mujer heterosexual, sino que también a las posiciones de subordinación de variada índole que experimentan otras identidades de género y orientaciones sexuales definidas como LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales, entre otras). 

La resistencia cultural y política de la sociedad chilena, más su maquillado doble estándar, se han visto resquebrajadas por eventos sociales con fuerte carga simbólica. Las manifestaciones públicas contra el acoso sexual y la violencia contra la mujer, han puesto a prueba la capacidad del Estado y de la sociedad chilena para reconocer y abordar la desigualdad histórica que ha afectado a formas legítimas de identidad de género, de orientación sexual y de relación con el propio cuerpo. Y esta capacidad alude a la obligación pública de asegurar la libertad y la igualdad de derechos en todos los niveles de convivencia social.

En tal sentido, el aporte del feminismo ha sido fundamental. No sólo ha evidenciado política y científicamente estas asimetrías sociales, sino que también ha puesto en tela de juicio la consecuencia política y cultural del Estado y de la sociedad. Si bien se ha erigido una instancia de rango ministerial en estos temas, aún prevalecen diversas subordinaciones de género en todas las áreas de la vida social, económica y política. Si, por un lado, la actriz chilena de la cinta galardonada por el Oscar ha sido destinataria del elogio público, por otro, aún transita por el mundo con documentos oficiales que consignan para ella una identidad masculina. Hasta la ofensiva imagen de una madre nutriendo a un bebé con su pecho desnudo, contrasta con la aceptada visualidad mediática que relega a la mujer a la categoría de objeto de deseo sexual.

Desde esta perspectiva, las múltiples expresiones sociales de carácter feminista son un alivio para un país con doble rostro, que lleva en su ethos el cultivo de múltiples asimetrías sociales de poder. Y es que el alivio siempre va acompañado de la brisa de la gratitud. Porque, al fin y al cabo, ese clamor telúrico que se expresa en esos senos al desnudo ante la mirada pública del pudor patriarcal, ha sabido reivindicar los principios de libertad, igualdad y fraternidad, tan necesarios para subvertir la naturalizada violencia de la desigualdad social. 

(*) Publicado en la revista Araucanía Laicista.

domingo, 28 de enero de 2018

El Estudiante Neoliberal: Lecciones de individualismo y disciplina


Fotografía: Manuel Morales Requena.

Una de las ideas que nos cuesta aceptar, cuando nos referirnos a la cultura chilena (como si hubiese sólo una), es la secuela en ella de casi dos siglos de fragua postcolonial. Y no se trata sólo de haber asimilado contenidos culturales del poder colonial español y de las oleadas de inmigración europea que quedaron en el ethos de las costumbres y de los valores de nuestra adolescente república. También quedó levitando el habitus de subordinación y de permeabilidad que perdura hasta la actualidad, frente a variadas formas culturales dominantes de los países del norte. A casi dos siglos del retorno de los ejércitos realistas a sus cuarteles del otro lado del Atlántico, nuestra fragilidad identitaria padece aún de una suerte de culpa primaria, cuando mira su propio rostro cultural originario, su mistura dérmica, así como su historia y la cansina cadencia de su transitar subalterno. Tampoco la hegemonía postcolonial ha carecido de resistencias. Quizás sean los procesos reivindicativos mapuche, el anhelo autonomista rapanui, junto a otras formas locales de sincretismo cultural, las que aún nos devuelven el aroma resiliente de la esperanza identitaria. Sin embargo, si a ello se suma el colonialismo neoliberal tejido a pulso en los últimos treinta años, la fractura entre el individuo y la construcción colectiva de la vida parece aún una herida abierta por el lacerante filo del relato triunfante de la Escuela de Chicago.

La narrativa neoliberal, aunque de influencia inconclusa en la vida cotidiana criolla, se ha enraizado en cada uno de los intersticios de la estructura y dinámica social. Y como producción cultural ha sido el sistema educacional uno de sus dispositivos hegemónicos más eficaces, no sólo en términos de contenidos curriculares, sino que también en la manera en que el acceso educacional se ha estructurado para segregar socioeconómicamente a unos[as] respecto de otros[as]. Para la gran mayoría de la población estudiantil, “ser alguien en la vida” y desarrollar una capacidad de consumo individual, se han articulado como el centro de la expectativa de movilidad social puesta en la educación superior. Capacidad competitiva, éxito académico centrado en las calificaciones, mérito individual y reflexividad al servicio de los resultados, han disciplinado al estudiantado chileno bajo la promesa de un arribo exitoso a los estrechos pasadizos del mercado laboral. En tal sentido, la producción cultural de un estudiantado neoliberal se ha erigido con base a la disolución del sentido colectivo de la participación del individuo en una sociedad de mercado. En otras palabras, el acceso y el tránsito por la educación superior tiene menos que ver con la reflexión acerca de la contribución individual al bienestar colectivo, y más con la noción de supervivencia económica, donde la dignidad personal está condicionada por la capacidad de consumo y por el estatus social resultante.

Uno de los efectos formidables de los modelos de desarrollo capitalistas neoliberales en el comportamiento social, es el haber desarrollado ese ethos cultural individualista. Y la legitimidad de la primacía individual se ha sustentado en la naturalización de la relación entre consumo y estatus, como dispositivo de integración social. En el marco de su relato cultural, encontramos su sustento en valores como el emprendimiento, el éxito individual, la competencia y la motivación al logro, así como el esfuerzo, la superación y el mérito personal, además del anhelo de movilidad social para el logro de las metas individuales. También su impacto en las instituciones políticas es extraordinario. Incluso al interior de los partidos autodenominados de izquierda y en la izquierda en general, los esfuerzos son destinados a defender y privilegiar la propia trinchera, desdeñando la visión y las posibilidades de conquista colectiva en el campo de batalla global y en el debate sociopolítico en el seno de la comunidad. La transversalidad del relato neoliberal se ha enraizado, por tanto, en cada recoveco de la estructura social, donde lo colectivo o “lo público” se concibe… como una relación entre privados. No es de extrañar, entonces, que las instituciones de educación superior definan su relación con la sociedad, como un asunto de “vinculación con el medio”, conceptualización que refiere más a una posición estratégica con respecto de otros actores sociales e institucionales, que a su sentido sociopolítico y sociocultural -como un actor más- en la dinámica colectiva orientada al bien común.

Sin embargo, culpar sólo a los[as] estudiantes por erigir un horizonte cuyos límites no exceden los anhelos y expectativas de su propia autorreferencia, sería una acusación al menos injusta. Y no se trata aquí de obviar la capacidad de resistencia cultural que el estudiantado ha erigido incluso en los tramos más apacibles de su desarrollo histórico y que, por tanto, lo vuelve sociopolíticamente responsable de su destino. Se trata también del poder disciplinador de un relato y de un modelo de desarrollo que ha relegado el recurso de la empatía a los sotanos del romaticismo o del reduccionismo moral. El “otro” o la “otra” dejan de representar aquel sentido colectivo humanizador, que –fuera de toda autorreferencia- devuelve al individuo su rol articulador en el entramado social del bienestar común. Ante la pérdida del sentido colectivo, el “otro” y la “otra” (alteridad, según la jerga académica) resultan ser un obstáculo, una amenaza o una vía instrumental de consecución de las metas individuales.

Desde esta perspectiva, el formar en el sistema escolar y en las instituciones de educación superior, por un lado, a un individuo orientado a la transformación de la sociedad con fines de bienestar colectivo y, por otro, instruirlo para una inserción eficaz en un mercado laboral competitivo, constituyen dos metas culturales y sociopolíticas significativamente diferentes. Porque en las fauces del mercado, donde el individuo batalla día a día por la propia supervivencia, no se avizora un colectivo que lo ampare, con el cual se articule en una construcción social donde todos[as] resulten acogidos. Al contrario, el contexto social se erige como un campo de batalla de intereses individuales, muchas veces excluyentes entre sí y que, con frecuencia, se articulan en la forma de relaciones de dominación y explotación.

Esa es la tragedia de la producción neoliberal, en términos de proyecto de sociedad. O una doble tragedia. Porque, por un lado, su relato y su promesa, al subordinar el interés colectivo a la consecución de la movilidad socioeconómica individual, requiere de neutralizar la empatía como recurso de articulación social, reduciéndola al nivel de dispositivo psicológico con fines instrumentales en las relaciones interpersonales. Y, por otro lado, en el plano de la subjetividad, el estudiante experimenta un difuso malestar frente a un mercado laboral, muchas veces refractario a sus proyectos de realización personal y de movilidad socioeconómica. Con un 75% de los hogares chilenos con ingresos inferiores a los 470 mil pesos mensuales y con un nivel de concentración de la riqueza de ribetes históricos, la supervivencia y el consumo –mayoritariamente vía endeudamiento- como dispositivo de integración social, son tan frágiles como un cubo de hielo en un sauna.

Y esa es la trampa. Desprovisto del sentido colectivo, la relación con los[as] otros[as] constituye una batalla por la supervivencia individual. Y en esa batalla, donde lo público que ampara, donde lo colectivo que integra, han sido reducidos a una relación entre privados, el salvavidas casi siempre vendrá del sistema financiero. Y ahí la promesa neoliberal se deshace casi siempre como una decepción amorosa, como aquellas padecidas en la cándida adolescencia. La diferencia es que tras una desilusión amorosa, luego de un periodo de duelo, puede surgir una nueva esperanza de una relación futura. En cambio, frente a una promesa neoliberal frustrada, la decepción involucra proyectos vitales para miles de estudiantes y el sabor amargo de una casi inevitable y prolongada subordinación financiera.

Al fin y al cabo, son cosas que pasan entre privados.


(*) Publicado en el Periódico NN, N°2, Enero 2018. Concepción - Chile.

lunes, 9 de octubre de 2017

Elecciones Presidenciales en Chile: De la retórica del marketing al proyecto político


Chile, país republicano ubicado en el extremo sur de Sudamérica, se encuentra ad-portas de sus próximas elecciones presidenciales, parlamentarias y de consejeros regionales, contempladas para el 19 de noviembre de 2017. Cuna del socialista y masón Salvador Allende, de los Premios Nobel de Literatura Pablo Neruda y Gabriela Mistral, de la potencia artística de Violeta Parra y Víctor Jara, así como de la tragedia en las manos genocidas del dictador Augusto Pinochet, la situación política actual de este país sudamericano dista mucho de ser plácida. Desde la convulsión social del 2011, Chile se debate entre un desencanto popular frente a la clase política y la emergencia de diversos movimientos sociales y políticos que se disputan el fin o la continuidad de la trayectoria neoliberal de estas últimas tres décadas.

Con ocho candidatos y candidatas al sillón presidencial, estas elecciones no prometen necesariamente una disminución del 59% de abstención observada en la última contienda electoral por la presidencia de la república. Con una elevada concentración de la riqueza y desigualdad social, con una naturalizada privatización de los recursos y servicios de relevancia estratégica, con un proyecto económico extractivista y con un Estado de carácter subsidiario, el rostro neoliberal chileno parece no inmutarse con lo que ocurra en las próximas elecciones presidenciales. Los numerosos casos de corrupción y la crisis permanente entre el Estado (más los grupos económicos involucrados) y los pueblos mapuche, en el sur de Chile, no han podido correr su maquillaje, ni opacar la hegemonía cultural del actual modelo económico-político chileno. Un cierto ethos cultural despolitizado estaría a la base de esta desafectación por los proyectos colectivos, dificultando el vínculo entre las esperanzas ciudadanas de cambio y las opciones electorales definidas. En otras palabras, la herencia de los Chicago Boys ha encontrado en el imaginario chileno la tierra fértil para los frutos del neoliberalismo, su jerga valórica, su individualismo competitivo y la idea de que la acción de votar no tiene una real incidencia en las posibilidades de transformación económico-política.

Anclados en la izquierda, tanto Eduardo Artés (Unión Patriótica) y Beatriz Sánchez (Frente Amplio) se erigen como los dos contendores más críticos del modelo neoliberal chileno. De carácter más reformista, Alejandro Guillier (independiente y continuista del proceso de cambios implementado por Michelle Bachelet), Alejandro Navarro (Partido PAIS) y Marco Enríquez-Ominami (Partido Progresista) representan un amplio espectro de posiciones, que si bien pueden plantear transformaciones importantes, no parecen focalizarse en modificar a nivel estructural las relaciones económico-políticas instauradas en Chile desde la dictadura militar. Desde una posición de centro-derecha más liberal, Carolina Goic (Partido Demócrata Cristiano) surgió como abanderada generando una escisión en la actual coalición gobernante. Finalmente, José Antonio Kast (independiente, ligado a la Unión Demócrata Independiente) y Sebastián Piñera (Pacto Chile Vamos), se levantan como las dos alternativas de la derecha política, con explícitas intenciones de profundizar el modelo neoliberal chileno.

Aunque el mundo de las encuestas adopta un carácter tendencioso en periodo de elecciones, es Sebastián Piñera el que ha puntuado más alto en los sondeos, seguido de Beatriz Sánchez y Alejandro Guillier. Estas tendencias, observadas en un contexto de desafectación ciudadana por la dimensión representativa de la democracia formal, ponen en relieve la posibilidad de que triunfe en primera vuelta la apuesta por el estatus quo neoliberal, mostrándose más débiles las posiciones reformistas o de transformación estructural. Sin embargo, un eventual balotage (contemplado para el 17 de diciembre), podría poner en peligro las opciones de Sebastián Piñera, si la abanderada o abanderado que compita contra las fuerzas de derecha, es capaz de alinear y reunir, en términos de recursos de convocatoria, al electorado que comprende desde la Unión Patriótica hasta la Democracia Cristiana chilena. Asimismo, el voto chileno desde el exterior podría también generar sorpresas, si los resultados de las elecciones al interior del territorio nacional se muestran estrechos entre los contendores y contendoras.

Más allá del voto duro evidenciado en las elecciones presidenciales anteriores y de las encuestas, el desafío de las candidatas y candidatos es cautivar a aquel 60 por ciento del electorado que se abstiene de concurrir a las urnas. Sin embargo, muchos de los procesos de campaña carecen de un proceso previo y prolongado de construcción de un proyecto político colectivo, lo cual se ha visto reemplazado por una suerte de súbitas promesas u “ofertones” programáticos y por un abanico de declaraciones de intenciones de último minuto. En tal sentido, se tiende a buscar la captura del voto ciudadano recurriendo a la imagen fabricada, a la eventual simpatía de la contendora o contendor, a su conexión con los “problemas y necesidades de la gente”, todo ello a través de los mass media, de las redes sociales, de los eventos masivos y del tradicional “puerta a puerta”.

Lo que es cuestionable es hasta qué punto la ausencia de proyectos políticos de largo alcance, construidos de manera colectiva y participativa, va a poder sostener la legitimidad de la clase e institucionalidad políticas. Asimismo, también cabe preguntar si la reducción de las propuestas programáticas al mero marketing electoral o a anuncios publicitarios, es ahora el método adecuado para capturar –bajo la lógica del “oferta de retail”- a un electorado que ha comenzado a ver en los movimientos sociales el espacio expedito para satisfacer, individual y colectivamente, los anhelos de participación y de toma de decisiones políticas.

En tal sentido, es necesario reconocer que la ciudadanía, en toda su diversidad, observa ahora con suspicacia la empatía de cartón y la locuacidad del marketing, así como la autoexaltación onanista de muchos contendores y contendoras en este “mercado” electoral. En los tiempos en que las promesas políticas ya no entregan muchas esperanzas a las personas, los proyectos de largo aliento, tan inusuales hoy en la clase política, deberían constituir la vía para instaurar la participación, la repolitización y el reencantamiento de la gente por lo colectivo. Y permitir salir de la retórica autocomplaciente del marketing. Porque en Diciembre, en la desesperada carrera por el balotage, las ofertas terminarán y la ciudadanía chilena, inexorablemente, deberá al final y como siempre pagar la cuenta.

(*)    Publicado por la revista alemana Lateinamerika Nachrichten.
(**)  Imagen: Revista Momento.  

miércoles, 30 de agosto de 2017

Alberto Mayol y la Incomodidad Neoliberal


Me hizo bien estar mudo, a todo el mundo le haría bien un poco de silencio para pensarse. Los chilenos hablan tanto y agudo y gritado. El neoliberalismo farandulón los puso así, muy engreídos”.

-          Pedro Lemebel.

Si hay un efecto social que ha caracterizado –entre otros- la emergencia controvertida de la figura de Alberto Mayol, es la incomodidad. Del latín incommoditas, refiere a la condición de provocar molestia o de requerir esfuerzo, una tensión recurrente que ha podido observarse como resultado de sus hipótesis o proposiciones políticas y científicas. Ya sea en la forma o en el fondo, la acometida de Mayol en las primarias del Frente Amplio y su reciente creación de un bloque de izquierda al interior de su coalición, no han sido de fácil digestión. Su focalización en las relaciones de poder significó repolitizar el debate, siendo este último un bien escaso en el actual escenario deliberativo. Y su anclaje en la tradición de izquierda ha irritado la dermis sensible de conspicuos personajes de la intelectualidad académica, de la política y de los mass media.

Ya en una declaración pública del 26 de julio de 2017, señalaba que “todo discurso político desde la izquierda está en los derechos de los(as) trabajadores(as) y en el cuestionamiento a los mecanismos de acumulación económica y de generación de excedentes empresariales basados en el deterioro de los salarios, las condiciones laborales y la explotación del medioambiente”. Es decir, un golpe directo al vientre del naturalizado modelo de desarrollo chileno. E independiente de sus detractores y simpatizantes, su crítica al neoliberalismo criollo ha contribuido con un punto de inflexión para la pretenciosa y despolitizada racionalidad local. 

Desde su mediática irrupción en la ENADE (Encuentro Nacional de Empresarios), allá en el 2011, la controversia política y académica construida en torno a su figura ha sido continua y condimentada. Ante una incómoda élite empresarial, Alberto Mayol cuestionó el modelo económico y social chileno. En su análisis reinterpretó las movilizaciones estudiantiles y sociales de aquel año, como la manifestación de un malestar generalizado frente a un sistema económico-político en crisis. Es muy probable que el análisis del joven sociólogo, realizado en las suntuosas locaciones de Casa Piedra, haya alterado el ritmo cardiaco a más de algún habitué de las neoyorkinas páginas de la revista Forbes. Es que trasladar a esos recintos el aroma enrarecido de la calle, esa agridulce brisa de ciudadanía agobiada de tanto transitar por los estrechos pasadizos de la subordinación, no es precisamente una suave caricia para la afectación olfativa del gran empresariado criollo. La mezcla concurrida de olores nunca ha sido una predilección de palacio.

Tampoco las hipótesis políticas y científicas que declaró en una seguidilla de libros, entre los que se encuentran “El Derrumbe del Modelo” (2012), “No al Lucro” (2012) y “Economía Política del Fracaso” (2015). Sus textos críticos, deliberadamente dialogantes con el  ciudadano común, ofendieron también al espíritu racional-científico de la nobleza académica nacional. Sin embargo, esto último puede ser considerado positivo, toda vez que sus proposiciones e hipótesis, que recorren tanto las dimensiones estructurales como subjetivas del modelo de desarrollo chileno, abrieron un debate reinstalando la necesidad de “politizar” el diálogo académico, político y social, en términos de examinar las relaciones sociales de poder.

Sin embargo, así como la sensibilidad empresarial se vio interpelada críticamente durante la ENADE del 2011, un sector del respetable estamento de científicos sociales no estuvo exento del malestar suscitado ante la eventual “poco académica” calidad de sus proposiciones. “Pseudocientífico”, “pseudoinvestigador” o “poco serio”, son parte del conjunto de  epítetos que algunos de sus pares han emitido aludiendo a su actividad como investigador y teórico. Es probable que muchos de estos calificativos provengan de la complejidad narcisista que abunda a raudales en la academia chilena. También de pares que no han leído un texto suyo, construyendo sus impresiones con base al rumor, a la opinión de “terceras fuentes” o a la cuña editada en los mass media. En otros casos, la crítica proveniente de personas informadas ha sido valiosa para promover los debates político, académico y ciudadano.

Cuando Alberto Mayol, junto a Javiera Araya publicó su estudio que cuestiona la neutralidad política del Fondecyt Regular en la selección de proyectos de investigación, el fuego cruzado del cual ambos fueron blancos -desde el mismo programa público y desde la academia chilena- fue digno de antología. La crítica metodológica y la atribución de “falta de seriedad” del informe, fueron esgrimidas para invalidar la hipótesis (considerada por sus críticos como “absurda”), que señala una relación entre los procesos políticos y la probabilidad de adjudicarse un Fondecyt. Sin embargo, el argumento de la falta de seriedad metodológica es insuficiente para invalidar una afirmación hipotética. Se requiere, además, de la realización de otros estudios que refuten la asociación entre la dimensión política y el proceso deliberativo que sustenta la selección de proyectos de investigación. Esto último, no sólo constituye un criterio científico, sino que también un principio de lógica cotidiana: No se puede hablar de una imposibilidad de hacer pan, sólo por el hecho de que se cuestione la forma en que se ejecutó la receta.

De toda esta trifulca se puede extraer que la receta no trasciende su condición de ser sólo una referencia, una fórmula metodológica subordinada a toda afirmación científica o política. En otras palabras, toda hipótesis crítica constituye una apuesta resiliente, frente a una lógica o itinerario procedimental con pretensiosos ropajes de validez universal. Porque cuestionar que la neutralidad de la institucionalidad científica es inmune a los intereses políticos particulares, es reubicar el lugar de la actividad académica y científica al interior de múltiples relaciones de poder. En otras palabras, contribuye a promover el debate estructural en los ámbitos de la política, de la academia y de la ciudadanía.

Un criterio de relevancia estratégica que debiese proyectar el excandidato, es que la comunicación efectiva de todo análisis y proposición crítica debe permear las diferentes texturas del tejido social. Se trata de promover estos debates en todos los espacios posibles de discusión, así como instalar sus ideas-fuerza en la diversidad de conversaciones cotidianas. En un país neoliberal, donde la vida social está segregada y privatizada en casi todos los ámbitos de interacción colectiva, el riesgo de que las ideas se distribuyan fragmentadamente es casi seguro; es decir, que éstas sólo alcancen a ser digeridas por aquellos sectores sociales más próximos y que resulten ser un eco deformado o silencioso para otros grupos y actores del entramado social.  

Desde esta perspectiva, no deja de ser interesante la alusión apasionada de Lemebel, cuando dispara su prosa contra el engreimiento neoliberal chilensis. La restitución de lo colectivo -tan presente en las propuestas de Mayol- puede ser percibida como una idea difusa o impracticable, debido a la infinidad de clausuras sociales que resultan de tanta segregación. Y el efecto individualista de ello es la falta de reconocimiento entre ciudadanas y ciudadanos, producto de una débil coexistencia, coexperiencia e intercambio sociales. No debe sorprender con ello la emergencia de la vanidad, del prejuicio y de la ignorancia. Tampoco las dentelladas de algunos egos ofendidos. Al contrario, la incomodidad generada por las proposiciones de Mayol puede constituir una valiosa oportunidad para restituir, mediante el debate, el ethos político de todo acto social deliberativo. Pero, al mismo tiempo, poner en tela de juicio la actitud engreída que trae consigo nuestra permanencia prolongada en los frívolos pasillos de la farándula neoliberal.

(*) Imagen: Werkén Rojo.
(**) Columna Publicada en el Periódico NN. Concepción, Chile.   

viernes, 18 de noviembre de 2016

Laicismo en el nombre de Dios: El analfabetismo republicano del Congreso chileno


Ilustración: Jorge Zambrano.

El alboroto desplegado por la Cámara de Diputados de Chile, debido a la moción presentada por la diputada Camila Vallejo, desnuda la provinciana noción que tienen muchos[as] de los[as] Honorables acerca de la función republicana. La diputada propuso eliminar la alusión reglamentaria "En el nombre de Dios y la Patria", con que se abren las sesiones de sala del Congreso. Y aunque la propuesta exude obviedad, las quejas y los gritos al cielo en el Hemiciclo redujeron al nivel de la comedia, la comprensión que tiene gran parte del mundo parlamentario acerca del carácter laico de una república. Y esto va más allá de una ingenua pechoñería o de un abierto cinismo. Mientras que el zar de la cocina, el senador demócratacristiano Andrés Zaldívar, ninguneaba la propuesta calificándola de irrelevante y cómo una forma de eliminar la religión de la sociedad, el Presidente de la Cámara, el diputado socialista Osvaldo Andrade, se refería muy seriamente acerca de su eventual falta de sentido. Si por un lado el diputado DC Fuad Chahín interpretaba que la alusión al altísimo no impone ninguna fe a nadie y la diputada Carolina Goic -de la misma tienda- calificaba como inconducente la moción de Vallejo, en otra sorprendente intervención el diputado UDI Felipe Ward consideraba como absurda y poco democrática la iniciativa. En definitiva, para gran parte de la fauna parlamentaria chilensis, discutir y reflexionar acerca del carácter laico del Estado tiene menos relevancia que hablar de agricultura marciana. Y si se trata de lo público y de laicismo, el analfabetismo republicano es prácticamente transversal.

En Chile, muchas veces la idea de lo público y de lo privado se pierde en los surrealistas imaginarios de nuestra arraigada y porfiada despolitización. Específicamente, lo público y lo privado están siendo referidos a quién pone la plata, ya sea al hablar de un establecimiento educacional o de un centro asistencial en salud. En otras palabras, la noción de lo público alude a las arcas fiscales, mientras que la esfera privada es situada en aquella iniciativa o servicio financiado por la propia billetera, por el cash individual. Lo público hace mucho tiempo dejó de referir a un proyecto colectivo de sociedad. Aún más, la noción neoliberal y despolitizada de lo público se ha expresado en la tosca idea de una suma de intereses individuales intersectadas en las fauces del mercado. Y si aquí lo colectivo es igual a la suma de las partes (y no más que la suma de ellas), es lógico que confusamente se interprete la moción de la diputada como un atentado a la libertad de credo. ¿Cómo van a comprender Zaldívar, Andrade, Chahín, Goic, Ward y otros[as] homo sapiens sapiens del Hemiciclo que las prácticas y creencias religiosas se circunscriben a la esfera privada (y no a la pública)? ¿Cómo podrán hacerlo, si en sus imaginarios lo público alude menos al interés colectivo y más a la naturaleza del financiamiento? Así las cosas, es obvio que el laicismo resulte en la Cámara de Disputados una extraña retahíla en una jerga incomprensible, a pesar de que en Chile ya en 1881 se hablaba de instituciones laicas y que en 1925 se separaba la Iglesia del Estado. 

También es lógico que en otras instancias legislativas del orbe la confusión observada en el Hemiciclo chileno provoque al menos la sonrisa compasiva de más de algún homólogo de otro país. Y esto es porque en esas otras instancias legislativas, el lugar de la religión en una república laica ha sido definido con claridad hace mucho tiempo. Un ejemplo de ello es lo que expresó en la década del setenta el entonces Presidente de Francia Válery Giscard d’Estaing (1974-1981). En una tensa conversación acerca de la despenalización del aborto que tuvo en el Vaticano con el Papa Juan Pablo II, el jefe de Estado señaló de manera lúcida al pontífice: “Yo soy católico. Pero soy presidente de la República de un Estado laico. No puedo imponer mis convicciones personales a mis ciudadanos. Como católico estoy contra el aborto; como presidente de los franceses considero necesaria su despenalización”. Touché.

(*) Publicado en la Revista Bufé Magazín, de Concepción - Chile.