Epígrafe Fronterizo

"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los garbanzos, del pan, de la harina, del vestido, de los zapatos y de los remedios dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y se ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el niño abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales"

Bertold Brecht

viernes, 27 de diciembre de 2013

“¿Dónde danza la Realidad?” Activismo, Reciclaje y Persistencia en la Obra de Pablo Ocqueteau


Nos reunimos aquella tarde de marzo para hablar de la campaña por el voto chileno en el exterior. Se trataba de transformar una demanda irrelevante en el debate político chileno, en una voz legítima, en un clamor visible acerca de una realidad injusta. Pablo se acercó a la impresora situada sobre mi escritorio, un precario mueble ensamblado con planchas negras de madera prensada, que hace las veces de mesa de trabajo. En mi casa, casi todo el mobiliario es de segunda mano, desechado y arrojado a la calle por alguna familia o comprado en los interminables galpones suecos de IKEA instalados en Berlin. Todo circula en la capital alemana; desde una chaqueta descosida o una silla con el forro gastado, hasta un televisor desvencijado y reemplazado por un plasma de alta resolución. Muchos chilenos radicados en Berlin hemos amoblados nuestros espacios, alimentados por el flujo de una variedad infinita de artefactos, todos ellos al borde de su inutilización final.

Esas trayectorias, ese ciclo vital de los objetos en continuo desplazamiento, se ha transformado en un referente cultural de la metrópoli berlinesa. Quizás, la propia historia de la ciudad transformó con violencia el valor estético de su materialidad. Berlin tuvo que rehacerse después de la última gran guerra, rescatando cada muralla, pedazo de tabla o cualquier utensilio sobreviviente de los escombros y de la muerte. Y tengo la sensación de que la perspectiva estética de Pablo se apropió, intuitivamente, de ciertos procesos de esta atmósfera en continua regeneración vital.

Su nombre es Pablo Ocqueteau Cohen. Y he sido testigo de cómo la neurología de este artista visual, fotógrafo, videísta, activista político, cocinero y alquimista de los cuartos oscuros (el listado de sus oficios es interminable), ha incrementado su actividad bioeléctrica debido a la persistencia de sus propios sueños. Parido en la patagonia chilena, golpeado por la brisa marina de Valparaíso, regenerado en Buenos Aires, Barcelona y, finalmente, en Berlin, ha hecho del reciclaje y de la fusión de conceptos, la actividad predilecta de su sinapsis espiritual. Su trabajo fotográfico plasma las imágenes de personajes anónimos de la ciudad, en afiches obsoletos y materiales reciclados para visibilizar la naturaleza urbana y los intersticios de su humanidad ¿Cómo opera esta transmutación? Mediante la alquimia de la emulsión argéntica. Sus exposiciones fotográficas “Like a Rolling Stone” o “Ich bin ein Berliner” revelan cómo la mirada de Ocqueteau sensibiliza superficies, descubriendo al testigo material rescatado del tejido social. Metales oxidados, papelería deslucida y todo objeto destinatario del desprecio por su caducidad, son ungidos por su labor que ha puesto de manifiesto la voz acallada de los materiales.

En diciembre de 2013, Alejandro Jodorowsky lanzó en Berlin su último filme “La Danza de la Realidad”. ¿Dónde danza la realidad? - fue la interrogante que arrojó Pablo en medio de la concurrencia que rodeaba al anciano ícono. “Persiste” - le devolvió Jodorowsky, imperativo cuyo sentido sólo Pablo comprendió. ¿Es acaso posible hablar de una geografía de la realidad, donde la persistencia, en una perpetua danza de la voluntad, devuelva la confianza en los propios procesos creativos? Probablemente, sí. Quizás, como un acto político. En aquel encuentro con Jodorowsky, la persistencia, la voluntad que hace resistente los sueños a pesar de la realidad adversa, fue la respuesta críptica del psicomago. A veces creo que se refería a-sí-mismo. Después de toda una vida, la danza se vuelve magistral y los movimientos más sutiles, precisos y etéreos. Se trata de danzar hasta que la música, la vida, se detenga. Pero ¿cómo se puede persistir? La ubicación geográfica en el mundo de los sueños no es fija; transcurre como armónicos desplazamientos que disuelven la sensación de caducidad de todas la cosas. ¿Dónde danza la realidad? No en su estática; sino en la persistencia del movimiento, en los desplazamientos de la voluntad, en la táctica cotidiana de resistir frente a las fuerzas de la entropía, de la disolución y del olvido. Por eso es que la continua obra de Ocqueteau (y creo que él lo sabe) se ha vuelto un acto político. Su fotografía procura resucitar, en la circulación de artefactos, la cosmografías urbanas y las funcionalidades que transmutan en otras funcionalidades.

Sin embargo, quiero terminar de contar la anécdota. Quiero hablar de esas funcionalidades que transmutan en otras funcionalidades. Mientras Pablo gesticulaba con las manos, explicando atropelladamente su idea gráfica de la campaña por el ejercicio del voto exterior, sacó -de la papelería A4 ubicada al costado de mi impresora- una hoja en blanco. Rápidamente, garabateó una bandera chilena en toda la superficie de la hoja. Con pulcritud fue realizando dobleces y afirmando los pliegues, hasta dar a luz un avioncito de papel, similar a aquellos que surcaban los cielos durante nuestra lúdica niñez. “De esto se trata” - me señaló. Y, acto seguido, lanzó la nave por la habitación, la que planeando con suavidad, aterrizó junto al sofá en que estaba sentado. “Haz tu voto volar” - fue la imperativa frase con la que concluyó su explicación.

Meses más tarde, la bandera chilena plegada como avión de papel y la frase “Haz tu Voto Volar”, constituyeron la expresión visual de un gran movimiento de chilenas y chilenos, en demanda del ejercicio del voto exterior sin condiciones. La frase y el avión, cuyo vuelo representa el voto surcando miles de kilómetros hasta ser depositado en una imaginaria urna en Chile, se transformó en el ícono gráfico de tres manifestaciones mundiales en el 2013. No pasaron desapercibidos estos hechos en los medios de prensa, pero sí la raíz artística del acto político. Aquella tarde de marzo, Pablo Ocqueteau pudo reciclar una bandera deslucida de tanto ostracismo político, ligando sus ajadas fibras con la potencia lúdica de la niñez. Así son las vueltas de la vida. Esta vez la alquimia del artista lanzó por los cielos el poder creador del activista. Por esta vez el objetivo político transmutó en una deliciosa danza, al ritmo de las utopías. Qué bueno que la realidad sea posible, mientras dure la danza ¿Escuchaste, Pablo? Te hicieron psicomagia: “Persiste, Pablo, persiste”.

(*) La obra de Pablo Ocqueteau Cohen puede ser visitada, en el siguiente link: http://www.ocq.cl
(**) Publicado en la revista Bufé Magazin de Cultura y en El Quinto Poder.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Votaciones simbólicas electrónicas en el exterior: Alegoría ciudadana a modo de operación Deyse

Redactado en coautoría con Rodrigo Olavarría (Paris)

Un país es más que un territoriose titula el emotivo video que la campaña “Haz tu Voto Volar” publicó en su canal Youtube “Chilenos sin Voto”. El mensaje y las imágenes que se suceden unas a otras, representan el anhelo de cientos de miles de chilenas y chilenos que residen en el exterior, por ejercer su derecho a voto fuera del territorio nacional. En un país donde muchos de los derechos constituyen una realidad distante de la vida cotidiana de las personas, la ciudadanía -una vez fuera del país- también se transforma en una alegoría, en una condición cívica truncada, en letra muerta escrita en los recovecos de la institucionalidad política chilena.

En estas dos últimas décadas, se han organizado en el exterior un sinnúmero de votaciones simbólicas. Y, al igual que el balotage que se realizará en Chile, fuera del país se realizarán -entre el 09 y el 15 de diciembre de 2013- unas votaciones de carácter simbólico, a través del portal de internet www.votociudadano.cl. Realizadas de manera electrónica en torno a las elecciones presidenciales y parlamentarias del 17 de noviembre, en esta segunda vuelta presidencial, la plataforma electrónica estará abierta para que las chilenas y chilenos emitan su voto simbólico, como acto alegórico que pone en relieve a una ciudadanía que no puede continuar siendo una entelequia política.

¿Es relevante participar en estas votaciones electrónicas? Nosotros creemos que sí. Las votaciones simbólicas (electrónicas) realizadas en torno a la primera vuelta presidencial concluyeron con una participación de más de doce mil compatriotas residentes en el exterior. Algunos denostaron la actividad debido a la cantidad de participantes, con relación al hipotético número de quinientos mil connacionales en condiciones jurídicas de votar. Para otros el voto electrónico fue una novedad y una forma de demandar el ejercicio del sufragio extraterritorial. En esta segunda vuelta presidencial, el acto de votar en esta plataforma electrónica constituye, no sólo el ejercicio simbólico de la voluntad ciudadana, sino que también una suerte de ensayo futurista de cómo sería el acto de sufragar desde el exterior, en una eventual elección real.

Cuando se anunció la realización de esta Votación Simbólica (electrónica), un mes antes de la primera vuelta presidencial, surgieron en las redes sociales algunos llamados a no participar. Las aprehensiones redundaron en torno al cuestionamiento de la privacidad del voto electrónico, al uso malicioso de la información del participante, a un carácter de “encuesta” de la actividad, además de una eventual oposición al voto exterior, por parte de los sectores políticos que resultasen menos favorecidos en esta votación electrónica. Estas aprehensiones son legítimas. Más de dos décadas de democracia formal y de promesas no cumplidas al respecto, hacen de la desconfianza una comprensible reacción.

Sin embargo, INRIA-Chile, autores de la plataforma informática, ha explicado técnicamente cómo -vía proceso de encriptamiento de datos- se asegura la privacidad de la información del o de la participante. Del mismo modo, si se analiza el diseño metodológico del proceso de votación, no es difícil afirmar que su configuración adolece de falencias técnicas que impiden que esta votación electrónica pueda constituirse en una “encuesta” propiamente tal. Esto significa que no se puede asegurar la validez “técnica” de los resultados, respecto de las tendencias electorales de las chilenas y chilenos en el exterior.

En concreto: La participación depende de factores no controlables por los organizadores, tales como la voluntad de participar, el conocimiento de la existencia de la actividad y el manejo informático, entre otros aspectos relevantes. Por otra parte, el universo poblacional y sus características son desconocidos. No existe información fidedigna y actualizada, con relación a la totalidad de las chilenas y chilenos en el exterior. En esas condiciones no se puede estimar la estructura, ni el tamaño de una muestra (participantes); menos establecer técnicas de selección de ésta, ni asegurar su representatividad y su potencial generalizador. Si a partir de los resultados, alguien sugiriera hacer cálculos político-electorales para decidir si apoya o no el ejercicio del derecho voto en el exterior, a dicha actitud no se le podría atribuir el carácter de seriedad.

El valor de esta votación electrónica radica en su simbolismo y en sus implicancias prácticas para el futuro. El trabajo realizado por Voto Ciudadano ha permitido que actores de la sociedad civil en Chile y en el exterior participen de forma coordinada y transversal, a pesar de que sus actores participantes, es decir, las ONGs, fundaciones y redes ciudadanas empoderadas no tienen la facultad jurídica de realizar una “votación de verdad”. En tal sentido, la experiencia de la primera vuelta electoral ha puesto en evidencia que la sociedad civil es capaz de organizar una votación a nivel internacional. Entonces ¿por qué, en más de dos décadas, el Estado de Chile no ha implementado el voto exterior? No es menor que el 27 de noviembre de 2013, la campaña “Haz tu Voto Volar” haya denunciado al Estado de Chile ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), por violación a la libertad de expresión y al derecho a sufragio de los chilenos en el exterior. Esta denuncia ha dejado al desnudo ante la comunidad internacional las profundas grietas de la democracia chilena. 

Para el Estado no será fácil asegurar la participación efectiva desde el exterior, en unas eventuales elecciones reales. Las experiencias de voto simbólico en el exterior muestran que existe el riesgo de una baja participación, vinculado con la falta de preparación de las diásporas para enfrentar el voto real y formular un voto válido. Desde esta perspectiva, esta votación simbólica tiene el carácter de “operación Deyse”, de un “Plan Cooper“cívico realizado a escala internacional, para preparar a la ciudadanía chilena globalizada ante un eventual ejercicio futuro del derecho a sufragio desde el exterior. Como es de conocimiento público, la gran enseñanza que deja ese plan de seguridad, que cientos de miles de estudiantes han practicado en las escuelas de Chile, es saber reaccionar ante cualquier suceso de carácter catastrófico, ya sea natural o debido a causas humanas.

No cabe duda que ese trabajo de prevención está destinado a evitar el mayor número de víctimas posibles, en una situación de desastre. Y, al igual que con los terremotos, más temprano que tarde, las elecciones vendrán a remecer a los “pequeños Chile” que constituyen las miles de chilenas y chilenos que residen en el exterior. Las elecciones simbólicas electrónicas, se transforman así en una acción de prevención para limitar los estragos de la ausencia del ejercicio del voto extraterritorial y preparar a los futuros electores para un buen manejo de una plataforma virtual, permitiendo el ejercicio efectivo de su derecho a sufragar. Se transforma, entonces, en un entrenamiento frente a los eventuales tsunamis de abstencionismo no deliberado, reforzando los cimientos de la identidad chilena y afrontando la fractura ciudadana que produce la vulneración crónica del principio de Igualdad ante la Ley. Es educación cívica. También es protesta contra la discriminación de la cual se consideran víctimas las cientos de miles de chilenas y chilenos que residen fuera del país. 

Es por todo esto que los chilenos en situación de migración, residentes temporales o establecidos en el exterior, no tan sólo deberían participar en las votaciones simbólicas organizadas por Voto Ciudadano, sino que además, de forma empoderada, instalar urnas electrónicas y físicas en sus respectivos territorios. En Paris se instalarán dos lugares de votación el próximo 15 noviembre, ambas con urnas electrónicas (la computadora conectada al sitio www.votociudadano.cl) y con urnas físicas. Será la Maison du Chili y el Théâtre Aleph, ambos soles culturales de la comunidad chilena en Francia, los que oficiarán de locales de sufragio.

El dilatar el voto en el exterior solo logrará que la democracia chilena siga siendo mostrada como un sistema inconsistente, entre lo que es y lo que le gusta que la comunidad internacional diga que es. Todas y todos esperamos que estas votaciones simbólicas sean las últimas que se celebren en el exterior. Y aunque padecemos de una ciudadanía obstruida, también le hemos señalado al mundo que somos una ciudadanía resistente. Cada día que transcurre es necesario que cada compatriota en el exterior utilice todas las herramientas posibles para que un día en Chile se configure el sufragio universal. Y las votaciones electrónicas son una de ellas. Así como esa bandera chilena, que plegada como un avioncito de papel ha llegado a golpear las puertas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, sea usted también la persona que le enrostre -con su voto simbólico- a la institucionalidad política chilena, su legítimo derecho a participar de los destinos de nuestro país.

(*) Publicado en El Quinto Poder.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La Ilusión de un Chile para Todos


Fotografía Blog Haciendo Palanca.

La frase “Chile no te pertenece” es una perogrullada. De tanto emitirla, ha perdido el peso emotivo de su sentido original, aquel que aludió al hecho de que el país acabó convirtiéndose, en los últimos cuarenta años, en el paraíso y en el feudo de unos pocos multimillonarios. La frase se sigue reiterando como estribillo de campaña política, pero su leit motiv aparentemente parece haber perdido su sustancia. Su contenido hace tiempo dejó de connotar -para muchos- una vida social que apenas nos pertenece. Algo así como narcolepsia política. Su impacto es similar al de un chiste mil veces escuchado, pero que, tras la repetición, su efecto hilarante deviene en otra cosa: en el desinterés o en la pérdida de su valor emotivo inicial.

No es que la frase carezca de fundamento. Sí que lo tiene y con una vigencia central. Chile es un país que se encuentra en desatada carrera electoral y con unos niveles de abstención descomunales, en los últimos tres eventos eleccionarios. Esto último no es trivial. El desenlace de toda elección es definida sólo por los que concurren a las urnas y no por aquellas y aquellos que se quedan ese día –debido a las razones que sean- en sus propias casas. Y no sólo eso. El que creyó, por desencanto, decepción o desinterés en el sistema político, que su abstención no influiría en la vida que vendrá, se equivoca y seguirá equivocándose, al igual que los que pensaban que la tierra era plana o que el planeta azul era el centro del universo. Abstenerse es dejar a la deriva o al azar, la esperanza o la tragedia de la vida de millones de seres humanos.

Chile es un país con el sueño pesado. Muchos de sus habitantes han desarrollado la formidable capacidad de poder dormir profundamente cada noche, con una tranquilidad digna de un instructor de yoga, a pesar de que millones de chilenas y chilenos viven en precariedad o miseria socioeconómica. Para muchos sólo les resta la indigna esperanza de obtener mejores niveles de consumo, en un contexto de esclavitud. Ahora, en el ballotage, las alternativas oscilarán entre una señora furibunda que desea profundizar la dominación neoliberal de los dueños del país y otra, con look maternal y afición al silencio, que hará el ademán de hacerle cosquillas al poder económico, pero que probablemente dejará intactas –nuevamente- las estructuras de dominación y explotación.

En el camino quedaron Meo, Claude, la Roxana y Sfeir, cada uno desdeñado respectivamente por burgués, arrogante, pobre y hippie. Sin ellos se irán al despeñadero, al menos por cuatro años, la nacionalización del cobre y de los recursos naturales, la reforma tributaria y un impuesto decente a las monstruosas rentas de las grandes empresas. Atrás quedarán los cambios al sistema político; es decir, la asamblea constituyente y una nueva constitución; también el fin del sistema binominal, de los quorum supramayoritarios, del poder fáctico del Tribunal Constitucional y del poder de veto de una derecha heredera de la dictadura. Tras bambalinas hibernarán el carácter público y solidario de la educación, la salud y la previsión social, así como el cambio en las leyes laborales, la horizontalidad en la relación con los pueblos originarios y una nueva política energética y medioambiental.

Todas estas transformaciones estructurales son vitales, aunque no es común que sean relacionadas con una existencia digna, ya sea individual y colectiva. Es frecuente que la mirada se distraiga en las contiendas que protagoniza casi toda la clase política institucional, perdiendo el foco en los verdaderos cerrojos de todas las grandes transformaciones: los grupos económicos. La fuerza de la re-politización se parece a la noción de que usted tiene cierto control sobre la casa en que habita. Pero, el éxito del poder económico-político es hacer que no lo tenga, pero que crea que sí lo tiene. La idea es que usted crea que la gotera que apareció en la casa que le entregaron para vivir, o la humedad y el frío que se filtra por sus paredes, no es debido a una estructura mal construida, sino que el problema es suyo: usted es el que se pone debajo de la gotera, usted no enciende la estufa o usted no se abriga bien.

Los grupos económicos saben perfectamente que Chile les pertenece sólo a ellos y, haciéndonos creer que de nosotros también, han sabido transformar la experiencia de subordinación y esclavitud en una placentera trayectoria de consumo y de infierno crediticio. Ellos son la constructora que edifica su casa, le concede el crédito, redacta el contrato, le organiza su deuda, le cobra el préstamo, intereses y comisiones. Hasta diseña las normas de edificación y decide si permanece ahí, en caso de que tenga dificultades para pagar. La historia habla por sí sola. Si usted se pone firme con su reclamo, le envían la fuerza pública y, en casos desesperados, a los militares. Le dicen que ante cualquier dificultad, el problema es suyo. Como nos convencieron de que nuestros destinos dependen sólo de nosotros mismos, cualquier alusión causal al modelo de desarrollo que nos oprime, rompe de inmediato la narcótica creencia en que está fundada nuestra cultura de despolitización.

Usted puede insistir en que, a pesar de todo, Chile le pertenece. Sin embargo, piense en una cosa. La constructora que usted eligió y que hizo su casa, persistirá en que los problemas estructurales que padece no son tales y, si le cree, buscará -orgulloso de su creatividad y emprendimiento personal- alguna solución adaptativa. El asunto es que así el problema ya no será de la casa, sino que sólo de usted. Y, mientras siga forrando con lo que sea las paredes y tapando goteras, verá como esas molestas gotas y esa humedad que corroe las estructuras de lo que usted señala como su hogar, se convertirán finalmente en el torrente calvario de su tozuda subordinación.

* Publicado en revista Bufé Magazin de Cultura y en El Quinto Poder

martes, 10 de septiembre de 2013

Piñera y el Voto en el Exterior: Crónica de una Mitomanía


- Columna escrita junto al sociólogo chileno Alberto Mayol

Tarde, mal y nunca” solemos decir en Chile cuando algo fue realizado de modo precario y/o sin la voluntad real de que sea ejecutado. Si las cosas se hacen tarde y mal, es lo mismo que nunca. En esta crónica ilustraremos sobre los antecedentes y acontecimientos que revelan que el gobierno de Sebastián Piñera ha prometido mucho sobre el voto de chilenos en el exterior, pero lo poco que ha hecho se hizo tarde, mal y nunca. Tarde, porque el asunto podría ejecutarse con gran velocidad (no se necesita la reforma constitucional de la que se habla). Mal, porque se eligió el camino menos conducente para viabilizar el proyecto (se podría hacer una ley a la brevedad). Y nunca, porque en definitiva se pretende modificar la legislación poniendo restricciones y manteniendo los absurdos sesgos contra los chilenos que habitan fuera de nuestra frontera (sólo se está abriendo la puerta para la elección presidencial, plebiscitos nacionales y, eventualmente, elecciones primarias). La descripción que hacemos tiene dos dimensiones: argumentamos en el marco de la discusión para la resolución política y legal de este problema, al tiempo que describiremos las operaciones políticas que han estado en juego para evitar que el voto de chilenos en el exterior sea viable o, al menos, para obstaculizar el ritmo natural de los acontecimientos y la racionalidad mínima. Agradecemos que para esta crónica muchos chilenos, en Chile y en el exterior, con altos grados de conocimiento en los temas técnicos en juego, nos hayan apoyado para la elaboración del documento.

Sobre las promesas, el engaño y la simplicidad legal del voto en el exterior

La política exige que la incompetencia y la falta de voluntad se vistan con otras ropas para resultar tolerables. La impostura y la mentira son, entonces, buenas compañeras. En el Siglo XIX, el escritor e historiador francés Prosper Mérimée señaló que “toda mentira de importancia necesita un detalle circunstancial para ser creída”. En el campo de la política, esta consideración puede tener una relevancia central, especialmente si se trata de una promesa política. En ocasiones, una promesa incumplida puede constituir el desenlace poco feliz de un objetivo proclamado, pero que ha sido frustrado por el inexorable peso de las circunstancias. Otras veces, ésta representa la expresión velada o el disfraz que encubre una mentira deliberadamente formulada, especialmente cuando se tiene la creencia de que “parecer” genera más réditos políticos que “ser”. La historia política chilena ha estado plagada de promesas de campaña, muchas de las cuales han despertado grandes expectativas entre la ciudadanía. Algunas han sido esgrimidas representando el genuino anhelo de mejorar, perfeccionar o transformar un determinado orden social. Sin embargo, una promesa política es, al fin y al cabo, sólo una promesa. Es decir, es la pretensión de un futuro potencial que -declarado en el presente- es capaz de cautivar al electorado, el cual hipoteca el sueño de su realización a la voluntad política de aquel que promete.

El ejercicio del derecho a voto desde el exterior fue una de las promesas de campaña del presidente Sebastián Piñera. En innumerables ocasiones ha declarado ser partidario de que cientos de miles de chilenas y chilenos puedan sufragar en los países en que residen. Y aunque esta declaración de intenciones sea valorable, con ello el Presidente no hace más que aludir a un propósito obligatorio, que es el de respetar la Constitución. Más aún si se trata de un derecho constitucional que está siendo vulnerado sistemáticamente por la institucionalidad política chilena. Por tanto, su adhesión u oposición personal al voto exterior puede tener valor en el campo de la retórica y de la voluntad política, pero no en el terreno de las obligaciones exigidas para su cargo. Él debe hacer cumplir la Constitución, pues incluso ésta carta fundamental que tenemos, con todos sus defectos, favorece el voto de los chilenos en el extranjero.

Sin embargo, esto último es pasado por alto y tolerado por gran parte de la clase política, primando los recursos del discurso y de la voluntad personal. El presidente Piñera sabe (y todos lo saben) que se está violando un derecho al no destrabar el ejercicio del derecho a sufragio en el exterior. Sabe que se vulnera la igualdad ante ley, reconocida como derecho individual y principio en el artículo 19 N°2 de la Constitución. La misma Carta Fundamental, en su Artículo 13, Inciso 2, reconoce como ciudadanos a los chilenos, sea que vivan dentro o fuera del territorio nacional. Específicamente, establece que “son ciudadanos los chilenos que hayan cumplido dieciocho años de edad y que no hayan sido condenados a pena aflictiva”. ¿Está enterado el Presidente de que ninguna de estas condiciones tienen algo que ver con residir en el país o en el extranjero? Por supuesto que sí. Sabe que la Constitución asigna la titularidad del derecho a sufragio a todo aquel que cumple con estos requisitos.

Los derechos civiles exigen un rol activo del Estado, para que éstos puedan ejercerse con igualdad. Un Estado que se abstiene de actuar cuando hay un grupo de ciudadanos impedido de ejercer sus derechos, es un Estado cómplice en la vulneración de éstos. La ausencia de implementación del voto exterior confiere al Estado de Chile la calidad de vulnerador de derechos políticos y ciudadanos.

Desde esta perspectiva, la omisión del Presidente Piñera es grave, además de poner de manifiesto su falta de sinceridad ¿Por qué el presidente Piñera, a pesar de declararse partidario del voto exterior, no ha concretado su promesa presidencial, refrendada en cuatro cuentas públicas del 21 de mayo y en programas radiales y televisivos? Simplemente, porque nunca ha querido que se concrete y porque hará todo lo posible para que no ocurra. Bajo el alero de argumentos aparentemente jurídicos y pretendiendo confundir a la opinión pública, el Presidente ha insistido en que “quiere, pero que no puede”, cuando la verdadera ecuación política es inversa: “Puede, pero no quiere”. Su adhesión al voto exterior constituye una mentira articulada, formulada con la creencia de que mentir (sobre su adhesión) minimizará los costos políticos resultantes del incumplimiento de su promesa. Para ello, el presidente Piñera y la Alianza han emprendido cuatro operaciones políticas con ropaje jurídico, destinadas -por acción u omisión- a obstaculizar, postergar o restringir la implementación del voto chileno en el exterior, al menos en este periodo presidencial.

Las operaciones políticas de Sebastián Piñera y de la derecha contra el voto chileno en el exterior

La primera de estas operaciones consistió en presentar propuestas legislativas, diseñadas deliberadamente para que fuesen rechazadas en el Parlamento, debido a las condiciones inaceptables -bajo el término de “vínculo”- que se consignaban en sus textos. Se trata de iniciativas, tales como el proyecto de ley (Boletín N° 7358-07) y el proyecto de reforma constitucional (Boletín N° 6950-07). El Presidente exigía como vínculo la permanencia continua o discontinua de cinco meses en Chile en los últimos ocho años, cotizaciones previsionales en al menos tres de los últimos cinco años y haber votado en Chile en las últimas dos elecciones presidenciales, entre otros requisitos. Estas condiciones discriminaban socioeconómicamente, vulnerando explícitamente el principio constitucional de igualdad ante la ley. Obviamente, el rechazo de la Oposición no se hizo esperar. 
 
La segunda operación política fue modificar su concepto de vínculo, declarando que sólo consistía en la inscripción en consulados y embajadas, pero exigiendo a cambio una reforma constitucional. Como si siguiera al pie de la letra a Prosper Mérimée, el requerimiento de una reforma constitucional surgió como el detalle circunstancial necesario para que la falacia fuese creída. Todos los legisladores saben que la reforma no es jurídicamente necesaria, dado que la Constitución vigente reconoce como ciudadanos a los chilenos en el exterior. Pero las normas de iniciativa exclusiva de la Constitución, los altos quorum de aprobación requeridos para un cambio legislativo y la sobrerrepresentación de los conservadores en el Congreso, no dejaron paso a los parlamentarios para legislar de otra forma.

Por ello, leyendo el juego de piernas del Presidente, senadores de oposición (Alvear, Allende y Patricio Walker) presentaron en junio de 2013 una reforma constitucional (Boletín N° 9004-07), con las nuevas condiciones que éste exigía. Para un tramitación rápida y teniendo en consideración la inminencia de las elecciones 2013, se requiere de una indicación de urgencia de parte del Ejecutivo, para que la Moción siga un curso de tramitación acelerado. ¿Qué ha hecho el presidente Piñera frente a un proyecto de reforma que se ajusta a sus requerimientos? Guardar silencio.

A pesar de ello, el 14 de julio de 2013 fue aprobada en la Comisión de Constitución del Senado la idea de legislar del proyecto. Sin embargo, desde el mismo día de su aprobación comenzó la tercera operación política. Los medios de comunicación El Mercurio, La Tercera y La Segunda arremetieron con columnas de opinión y editoriales, rechazando o condicionando el voto exterior. Del mismo modo, la UDI rompió el silencio resucitando el requerimiento de vínculo que el Presidente había desechado. Esto se hizo necesario para soslayar una inactividad presidencial que se hacía insostenible, pasando a la argumentación abiertamente censitaria y discriminatoria.

Un argumento para negar el voto exterior es que los chilenos en el extranjero no pagan impuestos. Es tan débil ese razonamiento que no se percatan que con ese criterio cientos de miles de estudiantes, dueñas de casa, cesantes y jubilados que residen en Chile perderían su ciudadanía, ya que tampoco pagan impuestos. Otro argumento abiertamente chauvinista es que a los connacionales en el extranjero no les afecta la vida política nacional. Este criterio desconoce gravemente los alcances e impactos -nacionales e internacionales- que tienen las decisiones políticas en un mundo globalizado, afectando la vida de los chilenos que viven en el extranjero, así como de sus familias que residen en Chile. Un tercer argumento es la condición de ex-exiliado que presenta casi un 13% de los chilenos en el exterior, interpelación que vulnera abiertamente la libertad de pensamiento, condicionando la ciudadanía a la tendencia política de las personas.

Esta línea argumentativa ha sido enarbolada por los detractores del voto exterior sin condiciones. La derecha chilena, que antaño defendió el voto censitario, hoy tiene una renovada lucha. Sugiere un sinnúmero de requerimientos discriminatorios, de índole socioeconómica y política, que vulneran derechos fundamentales consignados en la misma Constitución que han pretendido defender, frente a cualquier intento de modificación. Débiles argumentativamente, tampoco -desde el presidente Piñera, hasta sus extensiones en la Alianza- han podido ocultar de manera eficaz su férrea oposición al voto chileno en el exterior, al menos para las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias.

La cuarta y última operación fue omitida por la prensa. El mismo 14 de Julio de 2013, día en que se aprueba en la Comisión Constitución la idea de legislar el proyecto de reforma, es ingresada en el Senado una nueva Moción de reforma constitucional (Boletín N° 9069-07). El nuevo texto consigna nuevamente como autores a las senadoras Alvear y Allende, y al senador Patricio Walker (autores de la Moción anterior), pero incluyen esta vez en la autoría a los senadores Hernán Larraín (UDI) y Alberto Espina (RN). La nueva Moción sugiere la existencia de un acuerdo político, que pondría como condición expresa (establecida por la Alianza y aceptada por la Nueva mayoría) de no incluir en el texto las elecciones parlamentarias en el ejercicio del voto exterior. Sin embargo, independiente de que la Nueva Mayoría continúe con su tradicional juego del “peor es nada” y que la Alianza pueda esta vez participar de la autoría de la reforma, se pasa por alto que este tipo de exclusión impide a cientos de miles de chilenos elegir a aquellos que adoptarán decisiones legislativas, las cuales tienen impacto nacional e internacional.

Se sabe que esta reforma -jurídicamente innecesaria- tuvo como objetivo político neutralizar la introducción de un vínculo discriminatorio en el ejercicio del voto exterior. Sin embargo, este nuevo eventual acuerdo genera un blindaje de rango constitucional al Poder Legislativo, protegiéndolo de las decisiones ciudadanas sobre quiénes legislarán en el país. Es más, si ahora la Constitución consigna la titularidad del derecho voto a todos los ciudadanos, residan o no en el exterior, con la última Moción este derecho quedará restringido en el mismo texto constitucional, vulnerando nuevamente el principio de igualdad ante la ley. En suma: buen negocio para los legisladores; mal negocio para la ciudadanía y la democracia.

¿Se puede votar en las elecciones de 2013?

Sí se puede. Lo que hay que tener en claro es que, aunque es la vía legislativa que ha suscitado un relativo consenso político, una vez aprobada la reforma constitucional, tampoco queda habilitado el ejercicio del voto exterior. La reforma es la vuelta larga. Porque, con independencia de dicha reforma, para hacer operativo el voto de los chilenos en el exterior se requiere de una ley que adecúe las actuales normas del Servel y aquellas que regulan el acto electoral, a los requerimientos del sufragio efectuado desde el exterior.

Sin embargo, el Presidente tampoco ha ingresado ningún Mensaje en este sentido. Dicha ley, por modificar normas del estatuto de un órgano de la administración del Estado (consulados y embajadas) y por generar gasto público, es de iniciativa exclusiva del Presidente. Del mismo modo, dicha ley, por modificar y exceptuar normas de Ley Orgánica Constitucional (LOC), tendrá normas de rango de LOC, lo cual requiere 4/7 para su aprobación. En resumen, las “trampas” de la Constitución (usando los términos de Fernando Atria) una vez más están al servicio de la derecha más conservadora y antidemocrática que tiene poder de veto sobre la mayoría.

La posibilidad de habilitar el voto exterior para el 2013 depende de la exclusiva voluntad política del Presidente Piñera y de su capacidad de liderazgo frente a su coalición, además de la presión política que pueda ejercer la Nueva Mayoría. Juegan en contra el cálculo electoral de toda la clase política: aquí todos evitarán lidiar con la incertidumbre asociada al eventual comportamiento electoral de miles de chilenos residentes en el exterior. En tal sentido, la posibilidad de implementación del voto exterior para el 2013, aunque implique terminar de configurar en Chile el sufragio universal y fortalecer el sistema democrático, tropieza con el cálculo electoral de toda la clase política, con la mitomanía del Presidente, con el conservadurismo censitario de la Alianza, con la pasividad política -a veces cómplice- de la Nueva Mayoría, pero también con el compromiso persistente de unos pocos parlamentarios.

Finalmente, toda esta crónica deja lecciones para el futuro. No hay mentira que dure cien años. Y cuando el embuste queda al descubierto, el efecto boomerang golpea con fuerza los tobillos de la pequeñez política. El que miente, sabe que lo hace. Y los que han padecido, podrán perder la ciudadanía, pero no la memoria. Que lo sepa el Presidente, la derecha que hoy se opone al sufragio universal y toda la clase política. Un millón de chilenos que residen en el exterior y sus familias que viven en Chile, todo esto lo recordarán.

(publicada en el diario electrónico El Mostrador, el 28 de agosto de 2013 y en El Quinto Poder)

domingo, 28 de julio de 2013

A Cuarenta años del Golpe: La memoria chilena en manos de los franceses de Corbarieu


Parecía una obra de teatro escrita con la estrepitosa pluma del que recuerda. Un grupo habitantes de un pequeño pueblo francés, representando una pieza teatral que retrata la experiencia de un chileno durante el día del golpe de estado, la noticia de la muerte de Salvador Allende, hasta el tránsito personal por los escabrosos caminos del exilio. También parecía un aluvión de voces, todas juntas liberando el canto fraterno con el fervor de los que de la esclavitud se rebelan. Cajas toráxicas haciendo de cajas de resonancia. Una treintena de franceses, jóvenes y adultos mayores, mujeres y hombres, ciudadanos comunes y corrientes, en un escenario entonando a todo pulmón y con el puño izquierdo en alto “el pueblo unido, jamás será vencido”.

Jamás hubiese podido imaginar todo aquello. A mediados de Julio llegué desde Paris en tren a Montauban. Viajé a reencontrarme con mi familia, aquella parte de ella que se quedó enraizada en la Francia, aún después de que la dictadura ya no podía forzarla más al exilio. Mis tíos mordieron la madera del destierro, así como lo hicieron miles de familias. Tuvieron que parir de nuevo la propia vida, después de haber sido truncada bajo la amenaza del corvo y de los fusiles castrenses. Mis tíos levantaron ladrillo a ladrillo y durante años la casa donde crecerían mis primos, allá en las sureñas tierras de la región del Midi-Pyrénées. Sobrevivieron a la desaparición física, pero no a las heridas invisibles que dejan la cárcel, la tortura y el asesinato de seres queridos. Endurecieron las manos con el duro trabajo del campo y reblandecieron el corazón con el sueño de prevalecer en una tierra que les era ajena.

Cerca de Nohic, en el interior rural del departamento Tarn-et-Garonne, bajo las acacias que rodean la casa, pude escuchar de mi familia ese retazo de historia que aún sobrevive. Saben que Chile es un país con el hábito pusilánime de la amnesia, con una memoria dividida y que, en su autocomplacencia, pretende cínicamente haber procesado política y judicialmente los momentos más grises de su historia. La dignidad y la altura moral no son nuestras virtudes más notables. A cuarenta años del golpe militar, aún siguen en Chile los homenajes velados o explícitos al genocida y el esfuerzo político de jibarizar a niveles obscenos la capacidad de recordar de todo un pueblo.

A los pocos días me invitaron a Corbarieu, un pequeño poblado de no más de dos mil habitantes, en el cantón de Villebrumier. Se trataba del Festival del Mediodía, un evento comunitario de cuatro días de música, teatro y de otras expresiones del arte. Grandes artistas y la población local se entrelazaron para preparar pequeñas piezas de teatro, de danza o de música. Para sorpresa mía, cerraría la noche el grupo chileno Quilapayún. Y eso sí que es un dulce aperitivo para los que vivimos a más de doce mil kilómetros del terruño. A nuestra llegada, nos enteramos de que Oscar Castro -actor y dramaturgo chileno, además de director del parisino Théâtre Aleph- había montado un taller teatral con los pobladores de Corbarieu. Asimismo, la banda francesa Les Grandes Bouches había formado un improvisado coro, también con habitantes del lugar, preparando con ellos un menú de canciones latinoamericanas.

Las pocas chilenas y chilenos que nos encontrábamos ahí, fuimos testigos con estupor de cómo los pobladores de Corbarieu representaban los sucesos del golpe de estado en Chile, como homenaje épico al sacrificio y muerte de Salvador Allende. Es decir, ciudadanos franceses trayendo a la memoria lo que muchos en Chile se han esforzado en ocultar. Ellos y ellas, hombres y mujeres comunes y corrientes, se encumbraban devolviendo la dignidad a nosotros, chilenos y espectadores, con cantos y dramaturgia. Cada escena, cada armonía desenmascaraba nuestra pequeñez moral, nuestro fracaso en construir el legado, el firme testimonio, la propia historia.

No creo que mereciéramos tanta generosidad. En las postrimerías de la noche, la compañía de Oscar Castro y Quilapayún terminaban -tomados de las manos- el himno que enfatizaba la victoria mediante la unidad del pueblo. Pero, eran las mujeres y los hombres de Corbarieu quienes elevaban sus voces y sus puños más alto que cualquier otro, para que la memoria nuestra no se duerma, no se engañe y nos devuelva lentamente la esperanza de que, recordando, es posible reencontrase con nuestra tan esquiva dignidad.

(*) Publicado en Bufé Magazín de Cultura y en El Quinto Poder

sábado, 6 de julio de 2013

Voto de chilenos en el exterior: los avioncitos de papel de Piñera (*)


(*) Columna escrita con Alberto Mayol. Fotografía de Pablo Ocqueteau.

El sufragio universal supone que todo ciudadano mayor de edad y sin restricciones derivadas de sanciones penales, puede votar libremente en una elección. Las democracias contemporáneas se han basado en el sufragio universal como característica básica para hacer operativo y válido su sistema de representación política. Increíblemente en Chile, donde hay una serie de orientaciones concentradoras de poder en el sistema electoral y la institucionalidad política, ni siquiera se cumple el voto universal. En Chile se excluye del principio de ciudadanía electoral a quienes viven en el extranjero, apelando a un argumento que recuerda los peores criterios del voto censitario: los chilenos que habitan en el extranjero no saben suficiente de Chile, viven bajo otras leyes, lo que se decide en Chile no les afecta, entre otras razones. Es la misma argumentación para excluir a los iletrados en el siglo XIX, al no participar del conocimiento para decidir racionalmente. A estos se les acusaba de ignorancia, a los primeros de distancia, pero a ambos se les acusa de lo mismo: no tienen suficientes antecedentes para votar.
Mientras tanto, los mismos que impiden este derecho, hacen campañas despolitizadas basadas en que nadie entienda qué proponen en concreto, carecen de programas y llenan de spots publicitarios y videos banales a los ciudadanos que pretenden motivar a votar por ellos. Apelan a los vínculos más básicos de la emoción humana y no a la racionalidad. Pero para excluir a los chilenos en el extranjero, argumentan en torno a su falta de información. El resultado es uno solo: en Chile no hemos terminado de configurar el sufragio universal.

Los chilenos en el extranjero se han organizado bajo la consigna “Haz tu voto volar” y desde hace un tiempo han comenzado una serie de acciones para hacer efectivo el derecho a voto de los chilenos residentes fuera del país. Ha sido necesario pues, aún cuando esta fue una promesa de campaña del actual gobierno, ello no ha acontecido. Según Valeria Lübbert, abogada residente en Washington D.C. y coordinadora jurídica de la campaña “Haz tu Voto Volar”, la manera de hacer efectivo el voto de los chilenos en el extranjero debe darse a nivel reglamentario o legislativo (de rango Ley Orgánica Constitucional) y no se requiere —como ha señalado insistentemente el presidente Piñera— de una reforma constitucional. Sería muy extraño que el Presidente no supiese de lo que habla. Por ello, asumiendo que conoce bien las vías procesales para hacer efectivo el voto chileno en el exterior, su insistencia en la reforma constitucional parece ser más un ardid dilatorio para trabar el ejercicio en el exterior de un derecho que ya está consagrado en la carta fundamental.

La campaña de los chilenos en el exterior está representada por un avión de papel hecho con la bandera de Chile. Es un “avioncito” como aquellos que en nuestra niñez confeccionábamos para lanzar a esos cielos que pensábamos que pertenecían a todos. Sí, a todos. Porque en la infancia aún están difusas o son menos evidentes las fracturas sociales que nos ubican en posiciones distintas, en una sociedad donde los derechos son denegados a muchos.

En una de las alas del avión de papel se encuentra impresa la consigna “Haz tu Voto Volar”. El 25 de mayo de 2013 esta frase fue enarbolada por una multitud de chilenas y chilenos en más de ciento sesenta ciudades del planeta, los cuales se manifestaron para exigir el ejercicio de su derecho a votar en exterior. Esos “avioncitos” surcando los aires en distintas latitudes del mundo, no sólo transportaban simbólicamente los votos que —cruzando océanos y continentes— representaban la voluntad política de miles de chilenos, para ser depositados en una urna imaginaria situada en la tierra de origen. También reflejaban la conciencia de que cada compatriota en el exterior ya es titular del derecho a voto. Esto quiere decir que la Constitución reconoce a todas las chilenas y chilenos como iguales, se encuentren dentro o fuera del país.

Parte del problema, es evidente, reside en que la derecha chilena sigue viviendo bajo las lógicas de la postdictadura. Aunque gran parte de los hijos de los políticos de la derecha viven o han vivido fuera de Chile, siguen pensando que el resto del mundo es un antro de chilenos refugiados políticos, tropel de marxistas que como fantasmas recorren Europa. Por eso su lógica opera en términos de cálculo electoral, imaginando que los casi un millón de chilenas y chilenos en el exterior (incluyendo niños y lactantes) escriben sus convicciones políticas con la mano zurda. Y eso es una falacia del tamaño de una montaña. Chilenos de todas las edades y situados en todas las veredas políticas se han congregado para demandar juntos el ejercicio de un derecho del cual se sienten titulares. No pueden votar en el exterior (esa es la respuesta que les han comunicado consulados y embajadas), aunque algunos fueron designados vocales de mesas y en su totalidad componen —en calidad de “falsos positivos”— un porcentaje de aquel 60 % de electores que no fue a sufragar en la última elección municipal.

Hace poco tiempo el presidente Piñera afirmó que el único “vínculo” que exigía para que se pudiese votar en el extranjero era registrarse en consulados y embajadas. También señaló que presentó al Parlamento una reforma constitucional destinada a hacer efectivo el voto chileno en el exterior, pero que la Concertación había rechazado el proyecto. Es decir, la culpa de todo este embrollo era de la Oposición. Lo que no dice deliberadamente el Presidente es que el vínculo consignado en esa propuesta de reforma constitucional que fue rechazada, no consistía en el registro en consulados y embajadas, sino que establecía condiciones inaceptables que fueron impugnadas por la Oposición debido que vulneraban la igualdad ante la Ley. Una de las condiciones de  vínculo era haber estado en Chile al menos cinco meses en los últimos 8 años, lo cual discriminaba socioeconómicamente.

Conforme a una interpretación de la Ley N°18.556 del SERVEL (modificada por la Ley de Inscripción Automática, del 2012), es posible sostener que el SERVEL cuenta hoy con facultades suficientes para hacer realidad el voto desde el extranjero. Esto es efectivo, a menos que su director (el ex-Comandante en Jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre) realice una finta similar a la mostrada por el Presidente, derivando el asunto al legislador, cosa que ya hizo en el presente año. Por otro lado, el presidente Piñera prometió a fines de mayo de 2013 —en el programa Tolerancia Cero— otorgar urgencia al proyecto de ley, especificando que el mentado vínculo sólo consistiría en el registro en consulados y en embajadas. Pero, realizando una pirueta digna de Tomás González, anuncia que el carácter del proyecto será de reforma constitucional, con los quórums requeridos que ya todos conocemos.

En la famosa página Facebook “Haz tu Voto Volar” es posible encontrar fotografías donde sonríen alegres —con el “avioncito” en la mano— los embajadores de Chile en Washington, Berlin y en la ONU (tomada en Ginebra). Sin embargo, las posibilidades de voto en el exterior para las elecciones presidenciales de 2014 parecen diluirse entre los débiles despliegues retóricos del Presidente, que no alcanzan a ocultar —aunque crea que le resulta— su férrea oposición a que los chilenos puedan votar en el extranjero.

Lo que no dimensiona el presidente Piñera es que para muchos compatriotas que se encuentran en el exterior, un país es más que un territorio. Y que ponerse a la altura de su cargo implica admitir que su investidura representa también a las chilenas y chilenos que se encuentran en el extranjero. Sin embargo, es reconocida por muchos su propia miopía política. Es difícil que observe el fenómeno con claridad, aunque planeen a su alrededor miles de avioncitos tricolores, en los aterciopelados espacios de su amplio despacho presidencial.

La institucionalidad política chilena es anacrónica e injusta. Muchas veces nos contestaron que, aún siendo cierto, al menos daba gobernabilidad. Hoy esa razón se cae a pedazos, pues aunque siempre fue un argumento miserable, hoy ni siquiera es medianamente cierto. Una deuda pendiente de la institucionalidad política es el voto de los chilenos en el exterior. La deuda es de toda la élite política, pero fundamentalmente de un gobierno que se comprometió a hacerlo, que inventó un proyecto que sería rechazado por necesidad y que espera que nadie recuerde el tiempo que se vistió con estas ropas.

La lucha por el sufragio de los chilenos en el exterior es simplemente la disputa por el sufragio universal, como lo hicieron las mujeres, como lo hicieron los pobres y muchas otras minorías políticas. Esta discusión debiera haber terminado hace cien años, pero sigue vigente en Chile, donde sigue siendo habitual que tengamos que luchar por tener un país normal. Y lo que es normal en las democracias no puede esperar: el voto de chilenos en el exterior debe ser para la elección de noviembre de 2013, para que por primera vez en Chile tengamos plenamente el sufragio universal.

Publicado en Chile en "El Mostrador" http://www.elmostrador.cl/opinion/2013/07/05/voto-de-chilenos-en-el-exterior-los-avioncitos-de-papel-de-pinera/

lunes, 24 de junio de 2013

La Hegemonía Alemana y los Mitos de la Dominación


Fotografía de Rodrigo Pastor Pensa

Hace unos días leí, por recomendación de un amigo chileno, un artículo de Ignacio Ramonet, publicado en Le Monde Diplomatique, titulado “La Coacción Alemana”. El texto de Ramonet se desliza entre una descripción de la hegemonía económica germana en el escenario europeo (especialmente sobre los países del sur del viejo continente), la germanofobia que se estaría suscitando entre sus socios de la Unión Europea (incluyendo a Francia y al foráneo Reino Unido) y una mención a declaraciones que han realizado algunas autoridades políticas alemanas, respecto de eventuales causas culturales a la base de la crisis: pereza, despilfarro y corrupción, entre otros epítetos dirigidos a los pueblos europeos más socavados económicamente y estrangulados por las exigencias de austeridad emanadas desde Berlin.

Es probable que Alemania se erija, por su indiscutido éxito económico, en una suerte de barrio alto en la Europa del Siglo XXI. Con humor negro Ramonet cita una columna de Georg Diez, publicada por el semanario alemán Der Spiegel (11.11.2011), quien -en alusión a la actual conquista económica germana- comienza diciendo: “Alemania ganó la Segunda Guerra Mundial la semana pasada”. Quizás la autoestima alemana, aunque parezca soterrada, esté tomando magnitudes siderales entre su fauna política. Mientras atribuyen a la pereza, a la parranda y a la corrupción el desplome de los países que bordean el Mediterráneo, obviamente que pensarán lo contrario de sí mismos.

Esa suerte de xenofobia disfrazada de antropología cultural es más vieja que el hilo negro. Recuerdo que en un almuerzo en un casino de la Freie Universität Berlin, comentábamos –entre colegas alemanes y latinoamericanos- sobre el caso del entonces ministro de defensa alemán Karl-Theodor zu Guttenberg, quien fue acusado de haber plagiado su tesis de doctorado, lo que tomó ribetes de escándalo y desencadenó su estrepitosa renuncia. “Lo que pasa es que nos estamos latinoamericanizando…” –señaló muy suelta de cuerpo la colega alemana sentada a mi lado, para luego percatarse avergonzada de la estupidez de su afirmación. Lo interesante de ello fue la espontaneidad con que mi colega profirió esa idiotez, que de paso casi nos arruinó el almuerzo. Como diríamos en Chile: “le salió del corazón”. Es que lapsus linguae como aquellos no son menores. La atribución peyorativa a causas culturales es el dispositivo más popular utilizado para invisibilizar algo mucho más perverso: la legitimación de la dominación.

Lo que debe saber el ciudadano de Atenas, Lisboa o Madrid, que acusa de nazi a la canciller alemana Angela Merkel, es que detrás de la señora del Reichstag están las corporaciones transnacionales y los grupos económicos locales celebrando el verdadero festín. Y digo “transnacionales” porque para el saqueo no hay fronteras nacionales que valgan. Estas entidades maniobran en un nivel muy diferente al que opera la clase política, la cual ha legitimado e institucionalizado el desvalijamiento de naciones completas. En la monserga de caracterizaciones culturales, no hay ladrones responsables de la debacle que sonríen en la revista Forbes, sino que pueblos completos que duermen la siesta o que se rascan somnolientos las bolitas de la entrepierna. Las políticas de austeridad, que me recuerdan la jibarización del Estado que se viene ejecutando en Chile desde la dictadura pinochetista, no es otra cosa que una fase de privatización de bienes y servicios públicos, como antesala a la apropiación a destajo de los recursos de los países.

Mientras usted no le ponga el cascabel al gato, que parece gato, pero su tendencia depredadora sobrepasa los límites de peligrosidad del genoma felino, seguirá haciendo dos cosas: Primero, creer que es la clase política (y no la económica) la última y principal responsable del secuestro y esclavitud de millones de seres humanos. Y, segundo, continuará –como mi colega alemana y sus exabruptos xenófobos- pensando que es la última chupada del mate y que necesariamente existen algunos seres humanos que quedarán fuera de la categoría de “prójimo”.

Y eso, sin lugar a dudas, no es culpa de los alemanes. 

* Publicado en "Bufé Magazín de Cultura" y en "El Quinto Poder". 

martes, 28 de mayo de 2013

Crónicas del Desprecio: Desde el Cinismo al Genocidio en el Orden Social

Obra del pintor mapuche Eduardo Rapimán.

Mi paso por el campo de concentración Auschwitz II-Birkenau, así como el de cientos de miles de visitantes que han transitado por los restos de este centro industrial de exterminio y de horror, se estrella contra cualquier intento de articular lo inconcebible. Sobre él se han escrito miles de libros, artículos y ensayos y nunca será suficiente. Además de ser el cementerio más grande del mundo, se erige como un ejemplo sin precedentes de cómo ejecutar un genocidio organizado. Con los años, las cenizas de los restos incinerados de millones de personas se han confundido con la tierra dulce y adolorida.

Las preguntas, que nunca encontrarán el mínimo atisbo de respuesta, se atropellaban unas a otras en aquella tarde de lluvia en tierras polacas ¿Cómo pudo ocurrir? ¿Cómo podemos llegar a considerar al otro como un ser inferior, a tal grado de encontrar legítimo y deseable el trayecto inexorable y directo hacia su aniquilación? Cualquier respuesta balbucea su pequeñez. Muy rara vez nuestra limitada y autocomplaciente moralidad se ha elevado al nivel de una profunda y descarnada comprensión. Nosotros, los seres humanos, hemos mirado horrorizados el Holocausto nazi, sin dejar de lado un cierto relamido cinismo.

El eufórico triunfo norteamericano sobre el imperio nipón se cimentó sobre la masacre atómica de dos pobladas ciudades japonesas. El avance por el Este de los soviéticos sobre Polonia en 1940 se erigió ultimando, uno a uno y de un tiro en la cabeza, a veintidós mil oficiales, artistas e intelectuales polacos, desarmados y prisioneros, en los bosques de Katyn. La lista pasada y presente es abrumadora. Los distintos órdenes sociales siempre se han consolidado sobre el desprecio de unos sobre los otros, haciendo reverberar la noción foucaultiana referida al antiguo principio de soberanía de “dejar vivir y hacer morir”.  Para repudiar el asesinato masivo de unos y soslayar el de otros, es necesario desarrollar ese laxo relativismo moral, tan presente en la filosofía nazi, en la impronta estalinista (que muchos confunden con el comunismo que pregonaban Lenin y Trotski), en las dictaduras militares y, en la actualidad, en el sofisticado moralismo de nuestras tan preciadas culturas neoliberales.

No importa la escala en que se produzca, el grado en que se realice, los métodos y recursos que se utilicen. Siempre nos vemos enfrentados a la situación excluyente que confina a algunos seres humanos –generalmente, la mayoría- a las categorías sociales destinatarias del desprecio y de la subordinación. El valor de la vida es relativo, dependiendo de la posición social, política, económica y cultural. No hace falta construir otros Auschwitz II-Birkenau para constatar esta tragedia. El patrón del desprecio se expresa a diario, en nuestra indolencia en las calles con las personas en condición de indigencia, en nuestra resignación ante la explotación laboral, en nuestra aceptación del saqueo de los recursos en nuestros territorios y en nuestra admiración abierta o soterrada hacia aquellos saqueadores que sonríen triunfantes en las luminosas portadas de la revista Forbes. El desprecio se hace visible contra las mujeres, pueblos originarios, afrodescendientes, pobres, minorías sexuales, inmigrantes, discapacitados y contra otras categorías despojadas de su dignidad y de su valor social, cultural, económico y político.

En Chile, así como en muchos lugares del planeta, el desprecio hacia el otro está cada vez más cuestionado. La historia de nuestra república está plagada de situaciones, donde la existencia del otro (o de la otra) ha sido destinataria de la muerte o de la lenta y prolongada agonía social. Desde los centros de tortura y exterminio en dictadura, hasta la histórica represión del pueblo mapuche y el desenfreno de un modelo de desarrollo que arrasa con recursos, culturas, personas y comunidades. Perdonen la insistencia: nuestro cinismo se puede estirar hasta el infinito, como el húmedo canto de sirena que primero nos cautiva, para luego estrellarnos contra los gruesos roqueríos de nuestra pobreza moral.

* Publicado en "Bufé Magazín de Cultura" y en "El Quinto Poder". 

jueves, 2 de mayo de 2013

Chile 2013: Apuntes de Gastronomía Electoral



 
Foto de Philine von Düszeln, del Proyecto audiovisual "Aysén profundo" / www.aysenprofundo.cl

Las elecciones presidenciales 2013 en Chile huelen a cocina rancia. Los mesones y hornos parecen limpios; las ensaladeras, ollas, cucharones y cuchillos parecen brillar reflejando la luminosidad que se cuela por las ventanas. Las verduras parecen frescas, enviadas directamente desde bio-huertos y las carnes parecieran provenir de animales criados sin estrés. Pero, “todo parece”. En un país donde es más importante parecer que ser, el dominio de las apariencias hace las veces de recurso político.

La caída del presidenciable del partido de derecha UDI, Laurence Golborne, abre una brecha en ese mito manoseado de las artes de aparentar. Porque, aunque podamos saber a cabalidad algo, tenemos la costumbre de hacer como que no sabemos. Finalmente, la tienda de calle Vicuña Mackena tuvo que reconocer que el candidato de la sonrisa exultante había sido gerente general de holding Cencosud, el artefacto de dominación de Horst Paulmann que -como un matón de cuello y corbata- metía unilateralmente su mano en la exigua billetera de miles de familias chilenas. Golborne respondió como todo lacayo colmado de prebendas: que sólo era un simple directivo y que seguía las directrices del señor feudal. Finalmente, se hizo público su patrimonio millonario no declarado en la Islas Vírgenes Británicas, hundiendo definitivamente su candidatura para dar paso a dos figuras controversiales: a Andrés Allamand y a Pablo Longueira.

¿Qué tienen de controversiales? Allamand y Longueira surgen como los dos saludables platos del menú de la derecha chilena. El primero es cofundador en 1987 de Renovación Nacional, al alero de Sergio Onofre Jarpa. El segundo es el entonces jovencito gremialista que en Chacarillas rindió un caluroso y fascista homenaje al dictador, siendo ungido con posterioridad y por un muy encandilado Jaime Guzmán. Como tenemos el hábito de la amnesia y un desprecio desmesurado por la historia, nos cuesta recordar que estos dos otrora ardientes promotores del “Sí” a la continuidad de Pinochet en 1988, ahora constituyen los más acérrimos defensores del modelo heredado por la dictadura. En términos culinarios, un plato recalentado en las oficinas de pinochetistas nostálgicos, defensores de la Constitución castrense y comisarios de las políticas neoliberales de Chicago.

Sin embargo, la indigestión puede tener otros orígenes. Presionados por las movilizaciones sociales más importantes de los últimos cuarenta años, la oposición al gobierno de Piñera tuvo que revisar la cocina donde diseñan -con apariencia de progresismo- sus recetas neoliberales. Una de las promesas gastronómicas más importantes de Michele Bachelet es una comisión de destacados juristas para la elaboración de una nueva Constitución. El dilema es si esta nueva carta fundamental se elaborará entre las clásicas cuatro paredes o mediante una asamblea constituyente. Esta última posibilidad tiene al socialista Camilo Escalona con el estómago descompuesto. Es que Escalona –para desgracia de las bases militantes del PS chileno- terminó llevándose la palabra “socialista” para la casa. Primero, se opuso a una asamblea constituyente, atribuyendo esta iniciativa a un grupo de entusiastas consumidores de opio. Y cuando la ex-presidenta abrió el flanco a la discusión sobre esta última fórmula democrática (que promueve el jurista Fernando Atria), Escalona furibundo vaticinó la caída estrepitosa de la institucionalidad chilena.

Desde esta perspectiva, el aroma del llamado establishment político denota el uso de ingredientes con fechas de vencimiento caducados. No hay proyectos políticos, sino meros proyectos electorales. Y eso constituye un problema de salud pública para la sociedad y la política chilena. Es como comer comida chatarra durante cuarenta años. Por eso la postulación presidencial del economista y activista político Marcel Claude parece ser un condimento de hierbas finas vertido en los rancios platos de una mesa mal servida. No encaja, no se entiende, incomoda y hasta asusta. Y el sabor transformador de sus ingredientes es muy tentador para nuestro exiguo paladar. Marcel Claude es claro: Asamblea constituyente, nacionalización de recursos naturales, fin de la AFPs, sistema de salud público, reforma tributaria profunda, educación pública, gratuita y universal, entre otras  propuestas muy saludables de digerir.

Muchos esperamos que esta refrescante receta política apoyada por los movimientos sociales chilenos, no sea un golpe nutricional demasiado fuerte para nuestros grasosos estómagos de inquilino. Esto no es broma: póngale ojo y coma bien.

* Publicado en "Bufé Magazín de Cultura" y en "El Quinto Poder".

jueves, 14 de marzo de 2013

Voto chileno en el exterior y la mosca en la sopa



Foto editada por Pablo Ocqueteau.

Es una suerte de exilio político que sobrepasa lo absurdo. Con frecuencia las chilenas y chilenos residentes en el extranjero, ya sea en Berlin, Toronto, Moscú o donde las vueltas de la vida nos haya llevado, vemos como miles de inmigrantes de otros países concurren a sus consulados a ejercer su derecho a voto. Como estamos la mayoría acostumbrados a masticar el sabor amargo de la orfandad política, a “naturalizar” y a convivir con la vulneración de nuestros derechos, la mera idea de votar en el extranjero nos parece parte del guión de una película marciana. Muchas veces me enfrento a la situación de que una amiga o un conocido de algún país latinoamericano –o de cualquier lugar del orbe- me cuenta que va a ir a votar al consulado de su país. Ahí es donde comienzo a sentir una incomodidad interna, la que desde un inicial carácter ocasional comienza a transformarse en una incomodidad crónica. Un malestar en la conciencia ¿Por qué no pueden votar? – me preguntan, en medio de la sorpresa y de la conmiseración. Obviamente, me cuenta mucho responder.

¿Cómo otorgamos a una situación política completamente absurda, una justificación plausible de digerir? Somos unos de los pocos países en el mundo, cuyo ejercicio efectivo del derecho a voto en el extranjero se encuentra bloqueado por su misma institucionalidad política ¿Cómo explicar que para aquellos que detentan el poder, el tener derechos es casi una insolente quimera “comunista”? ¿Cómo justificamos que esa palabrita, “derecho”, con excepción del derecho de propiedad, es en Chile sólo una prerrogativa de privilegiados y una prebenda para los buenos inquilinos?

La verborrea dictatorial borró ese vocablo de nuestra cultura republicana, en un país donde los problemas públicos pasaron a ser meros problemas individuales. En esta perversa transmutación semántica, de alquimia política, sus sílabas se oyen como extraños sonidos de un idioma exótico. Es más que una xenofobia lingüística. Como en nuestro país hablar de derechos es como platicar de física cuántica, el sólo hecho de reclamar lo justo; es decir, demandar que el casi millón de chilenas y chilenos puedan ejercer el derecho a voto en el extranjero, genera serios inconvenientes para que ello sea asimilado culturalmente.

Porque para la mayoría de las chilenas y chilenos que residen en el territorio nacional, el voto en el exterior es tan urgente como sembrar zanahorias en la luna y, salvo valiosas excepciones, este tópico no ha formado parte de la agenda política cotidiana de nuestros legisladores y partidos políticos. Lo que para muchos de otros países es una vergüenza de proporciones, una vulneración grave de un derecho político, para muchos de nuestros connacionales es menos incómodo que una mosca en la sopa. Una expresión de sorprendente autorreferencia. Porque cuando Chile fue azotado por la dictadura militar, cuando nuestra angosta faja de tierra era violentada por los desastres naturales, la “solidaridad” desde el extranjero transgredía los límites espaciales de nuestro estrecho nacionalismo, para medir el diámetro del planeta tierra.

Por eso, la solidaridad debe ser recíproca y la cultura cívica chilena, la demanda y la construcción colectiva de derechos, debe trascender las nociones decimonónicas de geopolítica y de espacio geográfico. Sólo la modorra política o una cultura incapaz de sentir vergüenza por la vulneración de los derechos de su gente, puede seguir tolerando un año más el bloqueo intolerable del legítimo derecho a votar en el exterior.

sábado, 12 de enero de 2013

La Araucanía herida y el racismo genocida del capital



Dibujo a grafito, del pintor y artista visual mapuche Eduardo Rapimán.
 
A muchos nos impacta la idea de que un ser humano decida poner fin a la vida de otro. Para ello se requiere que alguien se atribuya la autoridad de exterminar, de devastar el precario equilibrio de la vida y que piense que esa potestad es legítima o justa. Entre pensar y dar muerte a alguien, sólo dista un corazón forzado a detenerse. Y no es una pausa lo que provoca, sino que el cese inexorable y para siempre del rítmico latido del universo materializado en cada pulsación cardiaca. Muchos nos vemos conmocionados cuando presumimos o tenemos una intuitiva certeza de que los asesinatos se imbrican con objetivos políticos y económicos. Es decir, matar para conseguir poder. Supuestos de esa índole pueden dirigir nuestras elucubraciones hacia horrorosos senderos sembrados de dolor y de muerte.

Los últimos acontecimientos de extrema violencia acaecidos en la Región de La Araucanía y la reacción del gobierno chileno representado por el Presidente de la República de Chile, Sebastián Piñera Echeñique, vuelven descarnadamente visibles las ruinas provocadas por el paso del poder, los vestigios de la arremetida implacable de los agentes de dominación. En el marco del mal denominado “conflicto mapuche”, un profundo dolor emerge al recordar que el matrimonio Luchsinger – MacKay fue alevosamente asesinado en enero de 2013, así como también cuando reconocemos que miles de mapuche han sido asesinados, en estos casi ciento treinta años de usurpación y dominación que el Estado chileno ha establecido en el territorio mapuche, también llamado Walmapu, desde tiempos inmemoriales.

¿Por qué la majadera denominación de “conflicto mapuche”? Basta una mirada rápida para observar que con tal etiqueta se pretende atribuir al Pueblo Mapuche la autoría de esta crisis en el sur de Chile. Específicamente, se ha omitido que son principalmente ellos el sector social subyugado, invisibilizando a los opresores representados por el Estado chileno, sus gobiernos y los intereses de las élites económicas que tienen sus negocios en el ancestral territorio mapuche. Esta invisibilización ha llegado a tal extremo, que se ha llegado a ocultar del curriculum escolar el carácter criminal de la llamada “Pacificación de La Araucanía”, que se caracterizó por el despojo territorial y por el genocidio perpetrado contra el Pueblo Mapuche, por parte del Estado y los gobiernos chilenos. Estos últimos han intentado ocultar deliberadamente –mediante diversas formas- los motivos históricos y actuales de esta crisis, criminalizando las legítimas reivindicaciones territoriales de los pueblos originarios e intentando, en la actualidad, otorgar a ellos la categoría de “enemigos”. Y al gobierno chileno, especialmente al Ministro del Interior, Andrés Chadwick, es bueno aclarar esto: el Pueblo Mapuche no es nuestro enemigo; es un pueblo hermano.

El vergonzoso doble estándar del actual gobierno chileno no es casual. Apoya el bloqueo de carreteras realizado por un grupo de camioneros y agricultores, pero demoniza y reprime brutalmente la protesta social, tal como ocurrió con el movimiento de Aysén, con la movilización estudiantil y en las protestas reivindicativas mapuche. Todo ello nos lleva a pensar que la aplicación de la Ley Antiterrorista y las arengas “bélicas” de los señores Chadwick y Golborne, promoviendo la intensificación del proceso de militarización del Walmapu y la represión  policial de las comunidades, correlacionan positivamente con el riesgo que los grandes empresarios observan en sus negocios, todos de carácter extractivo en los sectores pesquero, forestal, minero y energético.

La Araucanía sangra copiosamente a través de sus heridas. Sin embargo, para el gobierno y para una parte importante de la sociedad chilena, hay víctimas y ciudadanos de primera y de segunda categoría. Se solidariza con fuerza cuando las víctimas de la violencia son blancas, propietarias de tierras y poderosas desde la perspectiva de su estatus social. Al contrario, si las víctimas son de origen mapuche, pobres y/o con un estatus social menor, el desdén se hace tan evidente, que sus perpetradores pueden verse rodeados de total impunidad, como es el caso de los carabineros autores de los asesinatos de Alex Lemún, Matías Catrileo y Jaime Mendoza Collío. Esto no es trivial; es expresión directa del racismo y del clasismo, en tanto características culturales y formas arraigadas de dominación de la clase política y de gran parte de la sociedad chilena.

Aquí hay que asumir que la forma en que el actual gobierno y la sociedad chilena han abordado la relación con el Pueblo Mapuche y con sus demandas de recuperación y autonomía territorial, ha estado totalmente equivocada. Como resultado de esa deliberada ineptitud debemos lamentar el dolor por todas las víctimas de la violencia y observar con impotencia la militarización y la sistemática represión policial ejercida contra las comunidades mapuche. Todo Chile debiese rechazar explícitamente la prisión política de los dirigentes mapuche, los montajes policiales y la utilización de testigos sin rostro contra ellos, así como la aplicación de la Ley Antiterrorista. Debiésemos sorber del amargo brebaje de la vergüenza de no saber o de no querer saber. Porque no se trata aquí de la ignorancia del incauto; es la ignorancia consentida que se expresa en la negación sistemática de las causas históricas de la crisis política en el Walmapu.

En Chile decimos “hacerse el huevón”, que no es otra cosa que el acto de descarada hipocresía que simula nuestra bajeza moral de no querer saber, sabiéndolo todo. Porque de tanto hacernos los que no sabemos, vendrán otros Luchsinger, otras MacKay y otros Catrileo, Mendoza y Lemún, ultimados por el desplazamiento furtivo de los agentes de dominación. Ya nadie puede hacer la vista gorda, ni verse tentado a simular un tierno desconocimiento acerca del apoyo político, económico, mediático y militar que el gobierno y la clase política ha prestado a los intereses que los grandes empresarios tienen en el territorio mapuche, continuando con ello el despojo, la dominación, la represión y la muerte. Y eso lo saben muy bien Chadwick, Golborne, Mayol y Mathei, que hacen las veces de comisarios políticos de las manos mancilladas del capital.